Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

viernes, 3 de febrero de 2017

CORRUPTO



Su cuerpo derrotado, famélico y enfermo, se había transformado en el sarcófago portador del ser que un día fue antes de perder la decencia: un hombre valeroso y luchador, racional y resolutivo, confiado e invencible, quien se había transformado a través de una profunda, lenta e imperceptible metamorfosis, en la encarnación ególatra del pretencioso ente nacido del vientre del primero. 
El tiempo —sepulturero vocacional—, selló con paladas de lodo espeso y frío la fosa a la que arrojó cualquier ideal contrario a sus ambiciosas aspiraciones antes de caer en el agujero en el que yacía.Ocultaba los restos de su alma tras la mirada vidriosa y vacía, alimentada de vino ácido y barato obtenido mediante plañideras súplicas a los peregrinos apresurados y afectados por la ceguera selectiva e instintiva ante estampas incómodas como la suya. Le lanzaban monedas desde sus bolsillos tintineantes por exceso de calderilla sin valor, y proseguían su itinerario, aliviados y libres del fugaz lastre de su presencia.
Agazapado en cualquier esquina se dedicaba a rememorar, durante interminables horas de inmovilidad, los paseos confiados por el borde del abismo que le condujeron al fracaso. No emitía palabras de reproche ni miradas desdeñosas. Evitaba y rechazaba cualquier acercamiento. No ansiaba consuelo o redención. La cobardía le avergonzaba y empequeñecía, hundiéndole en su guarida mental, donde se hallaba a salvo de los depredadores emocionales. 
Recordaba las palabras garabateadas con pulso trémulo sobre una cuartilla arrugada, como el acto más pavoroso realizado por propia voluntad. Nunca consiguió enviar la nota de suicidio, y cubrió su desaparición con un telón de tragedia misteriosa e irreparable, en la obra más ensayada de su vida. Su paso firme, decidido, desesperado, o tal vez desquiciado, fue serenándose cuando levó el ancla que lo mantenía asido a la seguridad de su muelle protegido de tempestades inesperadas. Los guijarros del camino le horadaron las suelas de los zapatos y, al fin, la sangre fluyó desde su piel para teñir la huida, dejando un rastro imperceptible de pequeñas lágrimas rojas... hasta que no pudo caminar más. Había llegado al fin del mundo. De su mundo.
El control, la garantía y el confort de una vida planificada al milímetro se desvanecieron cuando salió a la luz el expolio que había infringido sobre los bienes ajenos. No consiguió sostener la mirada acusatoria de su hijo sin sentir punzadas en la nuca de fieras mariposas grises que agujereaban con sus hambrientas probóscides el plan trazado para el joven figurín de revista. Su esposa miraba hacia otro lado, mostrando su perfil cincelado por las expertas manos de hábiles cirujanos, desechando los brotes de escrúpulos tardíos que salpicaban su jardín secreto como malas e insignificantes hierbas, y percibiendo la caída sin inmutarse, pues cualquier síntoma de debilidad la convertiría en culpable, y ella, flor imperecedera, siempre se había mantenido al margen e inmune a los hechos perturbadores en el interior de su ostentoso invernadero. 
Las investigaciones policiales condujeron a la familia hasta las primeras páginas de los rotativos. Fueron acosados, interrogados e insultados a las puertas de los juzgados, y finalmente, el dictamen de culpabilidad rebotó contra los muros, acompañado por el eco gutural de aplausos iracundos. 
La pena de cárcel no fue excesiva para el culpable de tan desvergonzado saqueo. Cumplió la condena adjudicada por el juez sin parpadear. Los años de encierro transcurrieron sin dolor. La pequeña celda no carecía de comodidades y, a través de los barrotes oxidados, inhalaba dosificadas bocanadas de oxígeno cada vez que sentía una leve sensación de ahogo. En ocasiones le sondeaban. Querían saber dónde ocultaba los bienes sustraídos y jamás le creyeron cuando negaba con insistencia su culpabilidad, porque no existía sobre las tablas del gran teatro, un actor con más talento que él, y todos lo sabían: le habían adulado en demasiadas ocasiones, expresando admiración, envidia y esa antipatía nacida en la zona inferior del pecho, en la cual el aire se encona produciendo hipidos de celosa rabia. 
La paciencia fue la consorte aliada en su periplo y no le permitió flaquear ni cuando el desarraigo y el rechazo le convirtieron en un paria sin patria. La tormenta de arena le azotó durante años sin causar daños irreparables. Cuando salió de la prisión, esperó. El olvido deslizó un sudario raído sobre el pasado, convirtiéndole en un cuerpo exento de gravitación, en un ovillo de carne y huesos, y comenzó a sentir el dolor profundo, lacerante y desconocido hasta entonces, que solo podía mitigar por los recuerdos regurgitados del poder que un día poseyó en la palma de la mano. 
La transformación estaba en proceso de ejecución. El desprecio de su retoño, aquel rubio querubín desposeído de sus ignífugas alas, fue el latigazo que más piel le desolló. Le negaba la mirada, el contacto o cualquier palabra de perdón. En ocasiones rompía el silencio perpetuo y le escuchaba murmurar: “ladrón”. 
No existía el amor. Las camas separadas por un débil tabique silenciaban los argumentos que trataban de perforar sin éxito los ladrillos para llegar a los oídos de una mujer humillada y resentida. Ella no le creyó porque era el mejor actor del mundo. El nivel de vida descendió y estallaron llantos y lamentos enfermos cuando los embargos se llevaron los oropeles; adiós al manso caballo de crines oscuras, al brillante coche de cristales tintados, a los abrigos de pieles, a los colegios privados, e incluso a los más sofisticados aparatos gimnásticos, que desaparecieron con la exquisita mansión que los contenía y que fue sustituida por un apartamento de dos habitaciones, cuya humedad penetraba en los bronquios de sus residentes y propiciaba el rencor y las vistas a una realidad desconocida, obligándoles a convivir en la peor de las celdas: la ocupada por reos acomplejados y rencorosos. 
La degradación le apeó de su trono arrebatando de su testa la corona de falso reyezuelo omnipotente. Se consoló durante algún tiempo al compás de los consejos de otros falsos regentes, quienes le acogieron y ofrecieron la disfrazada amabilidad de los hipócritas hermanados, y una inmensa cantidad de glorificaciones que apestaban a droga. Aceptadas las lisonjas y las invitaciones sin intención de permanecer como convidado de piedra, entraba en los burdeles y se entregaba sin tregua al compás de jadeos caros y perfumados, porque así lo requería su estatus de huésped de puteros millonarios. 
De fondo, en la televisión pública, los afectados rogaban, lloraban y elevaban sus plegarias a una justicia infecta, mientras él introducía su pene en una vagina cansada y tomaba su ración de cocaína de los labios ajados y disimulados por el carmín y la sonrisa pétrea de la muñeca rota y recompuesta para cada ocasión. Empujado al límite de la avaricia, pisoteó, maltrató y robó sin un pestañeo molesto o amago de culpabilidad. No era distinto a sus congéneres, aquellos perros asilvestrados entre la maleza de asfalto, hurgando con sus hocicos los restos descompuestos que otros carroñeros de su misma especie habían dejado atrás. 
Como un pirata paciente esperó a que la isla estuviera desierta, y volvió en busca de los doblones ocultos. Y los halló. El tesoro que jamás le perteneció permanecía intacto. Los sobres repletos de dinero le sirvieron como pasaporte hacia una nueva vida; se compró una identidad señorial limpia de sospechas, y quiso comenzar de nuevo sin esfuerzo, convencido y pletórico: aún acopiaba bajo su manto lo que había sustraído a la gente sencilla y humilde, confiada y segura que creyó en sus promesas. 
Incluso conservaba aquel dolor estúpido, palpitante y continuo en la base del cráneo, que le impedía elevar la cabeza y mirar de frente, obligándole a mostrar la coronilla hacia el cielo, en un gesto de humillante subordinación. 
La dolencia aumentó para convertirse en una sentencia mortal. En la habitación de un exclusivo hospital le predijeron el futuro, y cuando la fortuna se volatilizó costeando los caros tratamientos y panaceas fallidas, se encontró vacío, impotente y abandonado. Luchó y perdió. No había rastro de los compañeros de manada ni de la familia humillada. De nada sirvió su titánico esfuerzo por gobernar en el reino de las falsedades. Se había convertido en un lobo viejo sin colmillos, solitario y enfermo, encogido de hombros, sin capacidad para hallar respuestas correctas a las interrogantes que tímidamente acudían a su mente desequilibrada por la derrota. 
La sociedad, su principal víctima, objeto de su ninguneo sistemático, traicionada, dolorida, hambrienta, y violada hasta la saciedad, le recogió una noche de la ciénaga pútrida en la que se ahogaba con su propia inmundicia, y le otorgó cuidados paliativos en la cama de un hospital público… ¿sin rencor? 

4 comentarios:

  1. Disfruto mucho tus historias. Te envío un saludo enorme.

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  2. Olá Beatriz.
    Uma história interessante e forte. Para muitas pessoas a vida é assim, dura e difícil.
    Parabéns.
    Um abraço.
    Pedro.

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