Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Rescatando de los cajones, pequeñas historias de amor que sucedieron...



“Destino Casual”

Susan embarcó en el “ferry” sin mirar atrás; se acodó en la barandilla y observó fijamente el horizonte hasta que una franja oscura de tierra en la lejanía le indicó que pronto llegaría a su destino. El viaje apenas duraba un par de horas, pero se hallaría en otro país, lejos de su pasado y de aquel miserable novio que la había traicionado sin remordimiento alguno. Recordó el rostro de Jules ante sus reproches y sintió de nuevo la rabia y la incredulidad acrecentarse en su interior. Un simple gesto de culpabilidad, sin excusas ni explicaciones, fue lo único que consiguió de aquel bastardo, que en vísperas de la boda se había acostado con su mejor amiga. Su familia había tratado de convencerla de que no anulase el enlace; temían la reacción de la alta sociedad a la que pertenecían y guardar las apariencias era un mandamiento sagrado entre sus miembros. El portazo que Susan dio tras la discusión aún debía resonar en los tímpanos de sus displicentes padres. Se había refugiado en un pequeño hotel del puerto durante varios días y desde su ventana podía observar el continuo tránsito marítimo, mientras la idea de tomar uno de aquellos paquebotes se forjaba en su atribulado cerebro. Con su cuenta bancaria bloqueada para obligarla a regresar al redil, se hallaba con unos cuantos billetes en el bolsillo y una mochila con cuatro pantalones vaqueros y un par de zapatillas, las camisetas que cogió al azar de sus cajones y el cepillo de dientes. Prácticamente se había convertido en una indigente, pensó con ironía. En un par de horas había pasado de usar el más caro de los perfumes a lavarse la cara con el jabón barato del hotel que irritaba la delicada piel de su rostro. Mientras se tomaba un café en el bar ojeó algunos periódicos para ahuyentar aquella sensación de vértigo que la embargaba, varios titulares en distintos idiomas llamaron su atención, pero se decantó por uno escrito en inglés, idioma que dominaba a la perfección, gracias a la educación recibida en el carísimo internado en el que había pasado la totalidad de su adolescencia.

Leyó distraída varias páginas hasta llegar a la sección de ofertas y demandas, y de repente sus ojos se
centraron en uno que especificaba: “Se solicita persona capacitada e instruida académica y socialmente para cubrir puesto de máxima responsabilidad en empresa familiar…” Continuaba con una dirección y un número de teléfono de uno de los barrios más populares de Londres, sin requerimientos de referencias. Demasiado ambiguo para ser tomado en serio. Susan pensó que lo mismo podía ser un burdel que una fábrica de salchichas, pero rasgó cuidadosamente el trozo de papel y se lo guardó en el bolsillo. Seguidamente se encaminó a las taquillas donde se adquirían los pasajes para el ferry y compró uno, con la esperanza de emprender un viaje acertado que la alejara del ciego egoísmo de su familia, del novio adúltero por el que sentía una profunda repulsión y de la amiga sibilina que le había clavado la daga en la espalda. Se embarcó sin concederse ni un segundo para dudar.

Cuando fue consciente de que su vida había dado un vertiginoso giro de ciento ochenta grados, ya se hallaba en tierra firme. La travesía había concluido. Horas más tarde, en un tren abarrotado de pasajeros, llegó a Londres y buscó la dirección del anuncio en un mapa pegado a uno de los muros de la estación.

Decidida a probar suerte se presentó ante aquella puerta azul sin vacilar, un tanto despeinada y con un hambre atroz. El olor de los puestos de comida callejeros la atraía como un imán pero se obligó a ignorarlos, acomodó su mochila en el hombro y esperó pacientemente a que la puerta se abriera mientras sacudía invisibles motas de polvo de su cazadora de piel negra salpicada de tachuelas.

El hombre que abrió la puerta tenía un aspecto terriblemente enojado, mechones de cabello,
demasiado largo, oscuro y rebelde se enredaban con los cuellos de su camisa tan arrugada y llena de lamparones, que Susan estuvo tentada de dar media vuelta y correr lejos de allí. No fue capaz de articular ninguna de las palabras que había ensayado mentalmente. Los ojos más negros que había visto nunca la escrutaron de pies a cabeza y una mueca de fastidio se dibujó en los labios masculinos que permanecían cerrados, mientras esperaba con actitud impaciente a que Susan rompiera el incómodo silencio. La joven pensó que tenía todos los rasgos del típico sicópata de película barata: iba sucio, desaliñado, con la barba de varios días crecida y su desmesurada altura la obligaba a mirar hacia arriba para encontrarse con un profundo ceño fruncido. 

—Disculpe, creo que he cometido un error… —titubeó sintiéndose torpe y cohibida ante el examen al que estaba siendo sometida—, busco la dirección para esta oferta de trabajo —le mostró tímidamente el trozo de periódico, demasiado arrugado ya para ser legible.
—¡Maldito anuncio! —exclamó él—. Aquí no hay trabajo para ti, estás perdiendo tu tiempo y el mío; por tu aspecto dudo que cumplas alguna de las exigencias para cubrir el puesto.
Susan se sintió tan ofendida que intentó replicar, pero reparó en que sus fachas no debían distar mucho de las que él presentaba. Su pelo encrespado, los vaqueros gastados con roturas de diseño y la mochila al hombro le debían imprimir rasgos de vagabunda desesperada. Afianzando su postura, alargó el papel e inquirió:
—¿Qué tipo de exigencias? —inquirió irritada. El hombre la miró con curiosidad ante aquel arrebato de coraje —¡Si fuera usted mínimamente educado, no engañaría a la gente con este tipo de sandeces!
—Yo no engaño a nadie. Tú has interpretado lo que has querido. Has llamado a mi puerta y aún no te la he cerrado en las narices, date por satisfecha con mi considerada “educación”. La ironía que imprimió en sus últimas palabras resultaba insultante.
—Poseo un máster universitario, soy doctora en ciencias políticas: “ca-pa-ci-ta-da e ins-tru-ida” —le espetó ella levantando nuevamente el papelucho y arrojándoselo de manera ridícula, ya que el mínimo peso del mismo lo hizo flotar como una pluma burlona entre ambos.
—Quédese con su bonita triquiñuela y trate de no engañar a la gente decente… ¡el diablo sabrá para qué fines usa este reclamo! Susan le dio la espalda y comenzó a caminar con el mentón muy alto, tratando de no ladearse por el peso del equipaje, se sentía tan mal que lágrimas de rabia asomaban a sus ojos. Nunca antes la habían tratado con tanto desprecio, ya que nunca antes había tenido que solicitar nada.
—¡Mi empresa familiar es demasiado especial para admitir a la primera loca que se presente en mi casa y créeme, no eres la primera! —dijo él alzando la voz para que pudiera oírlo—. No soy el autor del anuncio, es cosa del idiota de mi hermano —masculló por último.
—¿Papi estás enfadado por culpa de otra niñera?—Preguntó una vocecita tras él
—Jeremy se ha despertado, tiene hambre de nuevo, ¡es un devora-biberones!
—Ahora le prepararemos uno bien calentito Dina, espera un segundo, cielo, espera un segundo…—se llevó una mano a la nuca con cansancio, ladeando la articulación del cuello que crujió varias veces, mientras observaba a Susan que se había vuelto al escuchar la voz de la niña y observaba la escena asombrada.
—¿Está simplemente buscando niñera? ¿Tanto revuelo para buscar una simple niñera?
—¡Sí! Ésta es mi empresa, “mi empresa familiar” según el zopenco de mi hermano, que queriendo ayudar, no ha hecho sino empeorar las cosas con sus florituras. El muy estúpido me ha invadido durante las últimas semanas con multitud de ejecutivos, funcionarios y un largo etcétera de profesionales con expectativas demasiado elevadas, que se sienten estafados al conocer la naturaleza del trabajo, así que he optado por ignorarlos a todos, necesito una pequeña ayuda con mis hijos… y que Jason retire el maldito anuncio del periódico —finalizó con voz hastiada.
Susan lo vio tomar a la pequeña que no debía superar los tres años en brazos y cerrar la puerta tras de sí. Intuyó que tras aquella barrera azul brillante se ocultaba una pequeña hecatombe emocional. Y se dirigió decidida a traspasar el umbral. Llamó nuevamente y él abrió con un bebé de pocos meses en brazos, un paño sobre el hombro y a la niña asida a su pierna derecha.

—Hola, me llamo Susan, y solicito el trabajo de niñera…no me juzgue por mi aspecto, acabo dehacer un largo viaje, pero le aseguro que puedo desempeñar este trabajo.
—Susan, no te he juzgado por tu aspecto…¡sí!, lo he hecho y desde el primer instante me has parecido tan sofisticada y refinada que he querido ahorrarnos tiempo a ambos. Ahora que las cartas están boca arriba y no has huido con tu máster, si quieres el trabajo he de conocer algunos aspectos sobre ti.
—Le diré todo lo que necesite saber sobre mí, se lo prometo, ¿señor...?
—Rickman Dells, puedes llamarme Rick. Por favor, Susan, pasa y toma asiento mientras alimento a Jeremy y podremos charlar civilizadamente —le pidió mientras con la mano libre iba vaciando el sofá de juguetes y demás enseres que habían sido acumulados sobre él. La varonil estampa de Rick dando el biberón al pequeño, enterneció a Susan; observándolo detenidamente advirtió lo atractivo que resultaba, su ancha espalda sostenía a la niña contra el respaldo del sofá mientras la pequeña le rodeaba el cuello con ambos brazos y saltaba sobre los cojines.

Charlaron durante una hora, dos, tres… Susan había perdido la noción del tiempo. Ayudó a Rick a
cambiar pañales, preparar baños calientes y huevos revueltos con patatas fritas. Ella le explicó los últimos acontecimientos de su vida, sus orígenes, sus ganas de comenzar una nueva vida lejos del artificio que la había rodeado siempre. A su vez, Rick le narró cómo su esposa le había abandonado a los pocos días de alumbrar al pequeño Jeremy. Rick había pedido una excedencia en la empresa de la que formaba parte como socio fundador junto a su hermano Jason y de ahí provenía el estúpido malentendido del anuncio; para Jason había sido una especie de broma, para Rick una pesadilla. Cuando los niños se quedaron dormidos, Rick preparó té para ambos y se sentaron nuevamente inmersos en una conversación propia de viejos conocidos. Ella advertía la necesidad que él sentía de hablar con una persona adulta, notaba la soledad y el peso que soportaba con determinación y fuerza; transcurrieron varias horas más en las que intercambiaron multitud de opiniones, experiencias y sinceras ideas, hasta que Susan percibió como él se quedaba dormido en el sofá, exhausto y relativamente relajado. Unos ligeros ronquidos surgieron de su garganta y ella sin hacer ruido lo arropó con una manta. Se preguntó si debía marcharse pero la idea no le agradó e impulsivamente se acostó al lado de Rick, aquel hombre que había conquistado su corazón en pocas horas con su carismática sencillez y entrega a una familia real. Una oportunidad que nunca había tenido, se dijo cuando sucumbía al sopor que la embargaba. Los niños eran un encanto, la casa un desastre y él, un hombre con espíritu de lucha que no se daba por vencido. Sintió la apremiante necesidad de pertenecer a sus vidas, de formar parte de algo que desconocía. Al amanecer, él la tenía rodeada con sus brazos, la despertó con un profundo y apasionado beso en los labios y ella lo aceptó sin reparos. La ignición espontánea de los sentimientos les sorprendió a ambos. Sus miradas se encontraron en la penumbra.
—Mi vida es un caos, te lo advierto —le susurró él al oído.
—Es una locura, apenas te conozco —respondió Susan con timidez.
Tres meses más tarde, Rick regresó a su trabajo y Susan colaboraba con él en distintas funciones. Y contrató a una niñera cualificada para poder refugiarse cada noche en el hombre que había abierto la puerta a su destino, en aquel hogar en el que se sentía dichosa y profundamente amada.




















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