Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

jueves, 25 de diciembre de 2014

ESPÍRITUS ERRANTES (Cuento de Navidad)



El calendario me anuncia impertérrito: “Diciembre”. Me ofusco y el corazón me late tan deprisa que intuyo que el temido momento de la inevitable angina de pecho ha llegado, pero sólo son los efectos sincronizados de los latidos ventriculares con el pánico que me atenaza. Estoy deseando huir de la vorágine desenfrenada que arremete contra la relativa paz emocional que he conseguido, tras plantearme disyuntivas de filósofo barato en la soledad de la biblioteca, mientras libo al anochecer un único y solitario whisky de catorce años, capricho y premio que me concedo por haber logrado sobrevivir al día sin atisbo de intenciones suicidas. Me dispongo a librar la batalla cuerpo a cuerpo con los recuerdos que embisten sin piedad mi sencilla y exhausta existencia, que no reflota por muchas bollas salvavidas que la rodeen; llevo un ancla tan pesada engarzada al cuello, que me atrae hacia el fondo sin remisión. El trabajo, mi único y exclusivo interés, se paraliza; he de observar cómo mis empleados se dan palmaditas en la espalda congratulándose por los días de asueto que significan las fiestas que se aproximan. Me dedican una tibia sonrisa mezclada con palabras de ánimo que apenas digiero. No los culpo, se merecen el descanso pero no quiero su compasión y les veo partir sin sentir ni un ápice de envida.

La fiesta desfila ante mis ojos con un sinfín de atolondrados transeúntes ratificando con estupor que las tarjetas de crédito no son la panacea para sus sueños. Las compras compulsivas enloquecen a más de uno al amparo de luces multicolores y villancicos que suenan por la megafonía que el ayuntamiento instala en la ciudad. No lo puedo evitar, me repelen las figuritas absurdas que observan a los ciudadanos fijamente desde los escaparates de las tiendas, convidados de piedra del abanico de productos ofertados como especiales, festivos e imprescindibles. Definitivamente no soy partícipe del ambiente sobrecargado de emoción ante unas fechas que año tras año consiguen que la gente desembolse el dinero sin control, alterando la maltrecha economía de sus hogares sin reparar en las consecuencias. Es mi rosario de excusas. Mi hecatombe emocional no me permite aceptar ningún tipo de festividad y estoy condenado a huir.

Me pregunto cuándo comencé a sentir esta fobia navideña, y la respuesta surge nítida en mi cerebro: Francesca. Mi esposa, falleció en Nochebuena. Un conductor ebrio, un mal giro de volante y ella estaba muerta sobre el asfalto de una carretera que nunca la condujo hasta mí. Esperé durante horas, maldije la aglomeración del centro comercial. Nuestros invitados tomarían una cena fría y correosa, ya que el asado no perdona los retrasos y es una pérdida de tiempo tratar de despistarlo, rellenando las copas vacías una y otra vez de los comensales que se preguntan el porqué de la demora. Ella había salido a hacer una compra de última hora, el pastel de arándanos que había olvidado el día anterior, como si el mundo se fuese a paralizar a causa de aquella carencia.

Tras la espera, la llamada telefónica. La voz impersonal y desconocida que trataba de edulcorar la noticia. Podría reconocer aquella voz mezclada entre un millón y sabría señalar con mi dedo acusador a la garganta que enmudeció la mía.
Han transcurrido varios años desde su muerte, apenas sé cuántos, porque para mí siempre es “ayer”.
No recuerdo cómo era la Navidad antes del accidente y como he dicho anteriormente, huyo despavorido. Estoy deseando que todos abandonen las dependencias de la empresa para dar el portazo de cierre, mi pistoletazo de salida en una carrera que realizo con el horror pisándome los talones, mientras cargo el maletero del coche con algunas latas de cerveza y conservas, frutos secos y un generoso pedazo de queso Cheddar, un par de libros que llevan meses anclados en la mesilla de noche acumulando polvo y una cámara fotográfica de segunda mano comprada en un mercadillo turco. Conduzco durante varias horas, mientras John Fogerty rasga con sus acordes melancólicos el ambiente del vehículo, enrarecido por el humo de los cigarrillos que se consumen solos en el cenicero, hasta llegar a mi destino.
Poseo una cabaña que heredé de mi abuelo, situada en un pueblo del Norte, tan perdido en el monte, que la población cuya existencia giraba en torno a la ganadería, ha ido emigrando hacia las ciudades, dejando tras de sí el abandono y un sinfín de ruinosos muros que albergan sombras, entre las que deambulo a mis anchas, de un pasado que nunca volverá. Sin comunicación posible con la civilización me siento seguro. Es un pueblo fantasma como tantos otros que sucumbieron al olvido, desperdigados por toda la geografía del país. No me importa la soledad, la deseo, la busco. No hay rastro de árboles de plástico enarbolando florituras exageradas, estribillos machacones o tipos enterrados bajo disfraces rojos y barbas postizas, cuyo aliento apesta a alcohol barato, ¡qué irritable me hace sentir toda esa parafernalia!

Esbozo una sonrisa mientras oigo la voz de Francesca en mi cabeza censurando mi comportamiento, me compara sin reparos con el viejo Ebenezer, pese a que no me considero cínico ni miserable, sí astuto, “no cuento con la ventaja de llevar tres espectros en la manga que me muestren lo desarraigado que está mi espíritu”, le replico mentalmente. Yo ansío una sola presencia: la de ella; pero desgraciadamente no creo en los milagros.
Hace unos meses volví como cada año, a refugiarme en aquel remanso de soledad. La Nochebuena estaba a la vuelta de la esquina y huí como alma que lleva el diablo, con mis botas montañesas, dispuesto a recorrer cada sendero, camino o vereda hasta quedar exhausto y poder conciliar el sueño del que me veo privado noche tras noche, acumulando pensamientos y recuerdos que punzan mi alma constantemente, perforando y dilatando el profundo agujero que mi corazón es incapaz de cicatrizar. Sólo en las montañas consigo dormir. Ansioso por llegar, instalarme al lado de la pequeña estufa de madera y darle a mi alma el alivio del sueño reparador que tanto anhelaba, aceleré la marcha del vehículo y pronto vislumbré la silueta conocida de mi refugio.
En cuanto avisté la casa percibí algunos cambios: no recordaba haber dejado apilada la madera en un pulcro montón, al contrario, me permitía ser caótico y desorganizado, sin embargo allí estaban, alineados por tamaño y grosor los troncos destinados al fuego. En una esquina del pequeño huerto se hallaban dispuestos varios utensilios para trabajar el mismo: una azada oxidada, una regadera de plástico verde, unas tijeras de podar y unos guantes que no eran de mi talla y juraría haber guardado en un cobertizo anexo a la vivienda. Me desagradó al instante que alguien hubiera profanado mi cubil, y no diré miedo, pero sí una ligero escalofrío me recorrió la espina dorsal ante la idea de hallar un intruso y la posibilidad de un enfrentamiento violento, del que sin duda yo sería el vencido. Ahuyenté el impulso de dar media vuelta y regresar por donde había llegado, y decidido a dominar cualquier situación, abrí con cautela la puerta, que cedió permisiva sin necesidad de usar la vieja llave de hierro. La pequeña vivienda resultaba acogedora a pesar de su antigüedad, constaba de una pequeña cocina, un habitáculo que hacía las veces de salita de estar desde el que se accedía a un dormitorio por una estrecha escalera de madera apolillada y un baño diminuto. Nadie podría ocultarse en tan reducido espacio, mi apacible santuario lejos de la chirriante Navidad.
En la oscuridad pude percibir un ligero movimiento, una silueta se encogía asustada sobre sí misma en un rincón de la estancia, bajo el quicio de la ventana abierta, dispuesta a saltar en cualquier momento a través de la misma. Tenso y envarado al comprender que, en efecto, habían invadido mi intimidad, me dirigí a la mesilla para encender una lámpara al tiempo que cogía con fuerza la mano de un almirez de mármol que adornaba una repisa en la pared.
Una mujer alzó temerosa y con lentitud las manos para mostrar que no pretendía hacerme daño, las extendió hacia mí, iba desarmada, al tiempo que susurraba tímidamente algunas palabras en un idioma que me resultó desconocido. A pesar de mi propio recelo pude apreciar que ella estaba más asustada que yo. Acerqué la lámpara para verla con claridad y cuando ya esperaba avistar cualquier aparición venida del inframundo como castigo a mi escepticismo, la silueta que emergió de las sombras me dejó boquiabierto: se trataba de una mujer joven, rubia como el oro; sus cabellos desaliñados enmarcaban un rostro demacrado en el que destacaban los ojos azules y hundidos, grandes y bellos. Aterrorizada, en una lengua que percibí como del Este, quizás rusa, rumana o polaca, —no entendía sus palabras—, me habló nerviosa. Le hice una señal para que se tranquilizara, dejé mi “arma” sobre la mesa y me acerqué despacio para comprobar que se hallaba sola; su ropa ajada exhibía rastros de sangre seca, hecho que nuevamente me alarmó, pero un rictus de amargura en su expresión me inspiró un sentimiento de infinita lástima.

Cuando ambos nos acostumbramos a la luz, nuestras miradas se encontraron y la invité a sentarse en el desvencijado sofá para que tratara de explicarse. Parecía realmente angustiada y enferma, supe que no me haría daño. Fui a la cocina para calentar agua con el fin de ofrecerle una taza de té, y observé que todos los utensilios habían sido pulidos y ordenados. En una fresquera había seis o siete huevos, y varias hortalizas limpias y troceadas esperaban a ser cocinadas en un perol. El ambiente era limpio y cálido pues la estufa estaba encendida, y de inmediato fui consciente de que aquella mujer había tomado posesión de la vivienda, ¡era una “okupa”!, pensé indignado, al tiempo que el maullido de un gato me sobresaltó. He de decir que no soy muy amante de los gatos, me da la sensación de que pueden leerte el pensamiento con sus pupilas rasgadas y penetrantes, así que volví a la salita, decidido a exigirle lo menos bruscamente posible que se largara de mi propiedad con viento fresco.

Atónito e incrédulo presencié cómo sostenía a un diminuto bebé contra su pecho, arropado con un viejo suéter de lana que yo solía ponerme durante mis paseos por el monte. Era obvio que no se trataba de gato alguno el que emitía aquellos sonidos. Me senté frente a ella, sin saber qué decir o cómo actuar. La muchacha lloraba cabizbaja en silencio, lentamente y con dificultad comenzó a relatarme en un español trastabillante, que hacía varias semanas que vivía allí. El día anterior había dado a luz. La buscaban y no tenía dónde ocultarse. Instintivamente pensé en llamar a la policía, idea que desterré porque no existe cobertura telefónica en la zona, la escuché sin poder apartar la vista del niño, diminuto y blanco como la nieve, que, con ansiedad buscaba el pecho de su madre. 

Se llamaba Sveta y procedía de un lugar cuyo nombre apenas puedo pronunciar, situado al Norte de Rusia. La habían engañado con falsas promesas de futuro. Me relató entre sollozos el maltrato al que había sido sometida: drogada y apaleada, la obligaron a prostituirse, amenazándola con quitarle la vida si se negaba. Cuando supo que estaba embarazada intentó suicidarse sin éxito y tres semanas antes se había lanzado de un coche en marcha presa de la desesperación, ya que las intenciones de sus captores, era deshacerse del niño vendiéndolo al mejor postor tan pronto como hubiese nacido. Lo único que recordaba, era haber corrido campo a través sin mirar hacia atrás. Acostumbrada a la vida rural en su país natal, no le resultó difícil hallar cobijo en los bosques hasta que tuvo la certeza de que sus perseguidores habían desistido de su búsqueda. No podía regresar a la ciudad, estaba convencida de que la matarían y continuó caminando hasta que halló la casa. El día anterior a mi llegada se había puesto de parto. Dio a luz en el camastro de la habitación en medio de terribles dolores y la más absoluta soledad. Me tendió a su hijo y lo tomé entre mis manos con el corazón sobrecogido. Aquel ser vulnerable e inocente bostezó adormilado y todo me pareció una broma del destino: Una muchacha desamparada y un recién nacido en víspera de Nochebuena, en el refugio del mayor descreído de los mortales, que era yo.

Cuando ambos nos tranquilizamos, logré convencerla para denunciar los hechos ante las autoridades. Nos acercamos a la población más próxima y en el hospital verificaron que madre e hijo estaban en perfecto estado, exceptuando la gran debilidad que Sveta padecía. La asistencia social le ofreció ropas limpias y distintos enseres que necesitaba para el cuidado del pequeño, además de un hogar de acogida, garantizando su seguridad. Ella rechazó la segunda propuesta; era mayor de edad y no podían obligarla, temía ser hallada por aquellos monstruos que la habían tratado con tanta crueldad. Se aferró a mi brazo con fuerza y me suplicó con tristeza que regresáramos a la casa del “Alkonost”. Aquella denominación me intrigó y con la simplicidad del que tiene la certeza de estar complicándose la existencia sin necesidad, asentí con un gesto de cabeza. Me sentía tan aturdido por los acontecimientos que no pude negarme.

No sé qué me impelió a acceder a su deseo; quizás la profunda tristeza que transmitía su mirada o la sombra de su inocencia destruida que aún la mantenía en pie, erguida y digna, con intención de superar el dolor. El hecho es, que aquella Nochebuena como tantas otras, la pasé en el refugio del monte, en compañía de la joven rusa y su bebé, en el exterior de mi burbuja de auto conmiseración. Sveta agradeció descansar en el cuarto mientras yo preparaba una cena sencilla a base de conservas y patatas fritas, cerveza y cacao caliente. Cuando subí con la bandeja, me sorprendió la vela encendida que iluminaba la fotografía de Francesca, situada sobre una mesita. Le pregunté por qué había hecho aquello y me replicó que aquel rostro sonriente era el único que la había acompañado durante los aplastantes momentos de miedo que vivió las semanas anteriores y durante el reciente alumbramiento. Sveta se había aferrado a la imagen de Francesca como consuelo. Posteriormente me explicaría que “Alkonost” significa espíritu que viene a nuestro mundo para entregar mensajes lejanos.
Yo también me había aferrado a ella demasiado tiempo, intentando recuperar un pasado que se alejaba sin dilación entre los nubarrones de mi memoria. En aquel momento recordé lo mucho que mi esposa, mi amante, mi compañera, disfrutaba de la Navidad: con su arrollador ímpetu transformaba mi mundo y volvía la casa del revés. Tarareaba canciones pegadizas mientras preparaba copiosas cenas y un sinfín de postres, compraba calcetines y jerséis que nunca eran de mi talla, sembraba de pequeños detalles coloristas cada rincón de nuestro apartamento y me colmaba de besos y arrumacos sin mencionar nunca la pena que sentía por no haber tenido hijos. Reía, siempre reía. Alegre, feliz, en Agosto o Diciembre, no importaba la fecha. Fuimos felices y el tonto de mí, ¡estaba a punto de perder todos aquellos recuerdos! Nuevamente lo hacía: Francesca sacudía mi mundo, únicamente con su imagen.

Recibí a Sveta y a su pequeño como el mensaje que tanto había anhelado, disfruté del momento con la serenidad y paz que me proporcionó la compañía de ambos, planeando el regreso de la muchacha a su hogar, convirtiéndome en padre y abuelo ocasional de aquella pequeña familia, logrando contemplar aquella vieja fotografía de mi esposa y corresponder a su eterna sonrisa con la mía, mientras musitaba: “Feliz Navidad a ti también, Francesca”. 











4 comentarios:

  1. Que palabras tan bonitas, la navidad siempre saca lo mejor de nosotros aunque tambien es una época muy nostálgica.
    Acabo de descubrir tu blog y me ha gustaod mucho así que tienes nueva seguidora
    Un besazo enorme
    Thiscanbeperfect.blogspot.com

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  2. Este año como cada año, nuestro tren parara en alguna estación, depende de cada uno de nosotros dejar ir a la tristezas, miedos, frustraciones, malos momentos, desamor. Agradece a cada uno de ellos.. su compañía y sus enseñanzas, aunque hayan sido dolorosas, déjalos ir, déjalos bajar de este tren. Deseo que en esta parada, a tu tren suban miles de bendiciones, sueños alcanzables, amor, abundancia, fuerza y determinación para seguir tu viaje.
    Hoy en mi vagón quedaran puestos desocupados y espero te sientes a mi lado para compartir junt@s este nuevo viaje. FELIZ NUEVO COMIENZO EN ESTE AÑO 2015!!!

    Una nueva seguidora para un blog genial!!

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  3. Hola, guapa!

    Cuánto tiempo sin saber de ti!

    Tengo un nuevo concurso en el club al que perteneces. Te dejo el enlace por si te interesa:

    http://elclubdelasescritoras.blogspot.com.es/2015/01/te-gustaria-conseguir.html

    Saludos y feliz jueves!

    Pd: Si no te interesa participar pero, en cambio, sí quieres ayudarme a promover mi novela, te estaría muy agradecida si lo hiceras!

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  4. Me encontó tu blog.
    Felicidades¡

    Saludos.

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