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lunes, 24 de noviembre de 2014

“EL PICO PICAPINOS ASESINO”

 Con este relato, he tenido la fortuna de ganar la 6ª y última edición de los premios convocados por
la Editorial d'Época-Historias de Época.


Era un caluroso 25 de julio de 1895; jamás olvidaría ese día, pues fue la fecha en que leyó, en grandes letras impresas en el periódico de la mañana, que el señor Bunkle había sido hallado muerto en el jardín de su casa. Dio un respingo y el té que tomaba se le atragantó, provocando una tos inoportuna que indujo una inesperada aspersión por las fosas nasales del líquido ambarino, salpicando el papel con vergonzosas gotas de humedad. El señor Bunkle era despreciado por la nueva generación de estudiantes en el ateneo para el estudio y calificación de las especies. No compartían con él sus métodos científicos. Parecía gozar de buena salud y todos estaban resignados a su enseñanza absolutista, sin esperanza de que algún día decidiera jubilarse, y sin que él aceptara el cambio en la evolución de los métodos de estudio. Sin duda —pensó Pascal— las apariencias no siempre son fiables. Puede que el viejo ornitólogo padeciese algún mal oculto y su vida había concluido con la facilidad con la que él mismo partía el cuello de las aves tras haberlas clasificado, argumentando que no cabía la posibilidad de que sobrevivieran fuera de su hábitat original. Pascal, como primer ayudante del profesor, acudió de inmediato a la vivienda del difunto. Por allí deambulaban varios agentes de la autoridad, molestando al servicio con preguntas, anotando en pequeños cuadernillos las respuestas sin un ápice de decencia ni delicadeza. El cuerpo del profesor seguía tendido en el jardín, al pie del viejo roble desde el que se había precipitado tras ser traicionado por los peldaños de una escalera demasiado vieja y carcomida. A su lado un nido de Dendrocops major, el pico picapinos como se denominaba comúnmente, fue identificado al instante por Pascal, que no salía de su asombro. Una pequeña sierra se hallaba a varios metros del cadáver.
El jardinero explicaba con palabras aturdidas, cómo el profesor había entrado en el cobertizo medio enloquecido, quejándose del continuo repiqueteo que el pico del pájaro producía durante la noche, exigiendo la herramienta para subirse al árbol y cortar las ramas entre las que anidaba el molesto invitado. Lejos de sentir la lógica curiosidad científica que cabía esperar en un hombre de su posición y dado que ya estaba identificado con exactitud, no le provocaba más que un perpetuo malestar la presencia del maldito pájaro carpintero.

Su nieta, Rose Bunkle, permanecía seria y circunspecta, pero no presentaba síntomas de desconsuelo, hecho que hubiese propiciado un acercamiento de Pascal al objeto de su devoción. Muchas veces se había convencido de continuar al lado del profesor para seguir visitando a la bella Rose. Ella participaba de su entusiasmo por la naturaleza y en varias ocasiones habían compartido largos paseos por los bosques, siempre acompañados por la vieja nana, para descubrir con exaltación un interminable desfile de bichos, como ella los llamaba.

El juez dictaminó que la muerte de Bunkle fue producto de una fatídica desgracia. La pérdida del equilibrio y posterior desplome habían fracturado el cráneo del desdichado. El caso se cerró sin dilación. 

Pascal intuía que algo no encajaba en aquel fatídico desenlace. El profesor pudo caer debido a que en su mano portaba la pequeña sierra y le dificultaba la maniobra de escalar, pero ésta se hallaba alejada del cuerpo. También barajó la idea de que con el impacto había salido despedida, pero calculando la combinación de peso, espacio y velocidad, lo más lógico era que la siguiera sujetando. Como mucho, la habría soltado al morir. Regresó al anochecer y revisó el nido que la policía había abandonado en el lugar sin prestar importancia a aquella pequeña amalgama de hierbas y filamentos vegetales, unidos por excrementos de ave y convertidos en un agujero cóncavo y mortuorio para los huevos que se habían roto. Todos aparecían troceados, con el contenido corrupto impregnando un pestilente hedor en el pequeño cubículo que izó del suelo con sumo cuidado. Todos excepto uno. El huevo intacto le causó gran curiosidad. Lo examinó con paciencia y detalle a la luz de su mechero de yesca. Descubrió que un diminuto agujero perforaba la superficie porosa del mismo, por ambos extremos. Un pájaro no picoteaba sus huevos de esa manera, no hasta que los pollos estaban saliendo. Entonces los ayudaba a retirar la cáscara y nacían a la vida. Aquella perforación era debida a la mano de un ser hábil, una persona. Pero… ¿con qué propósito? La confusión y la intriga aumentaban para el joven. La sombra de Rose le sobresaltó. Le mostró el huevo extraño y ella se izó de hombros.

—Era tan cruel con las aves, que le gustaba sorber los huevos frescos antes de matarlas. No tenía piedad con los pobres bichos. Quizás el pico picapinos lo atacó para defender su hogar. Dijo con una expresión inocente en el rostro. —¡Qué importancia tiene! Ahora ya no retorcerá más cuellos… Añadió con el mismo tono.
—Dime, Rose, ¿también era cruel contigo?Preguntó Pascal con temor. Sus retinas no podían apartarse del alfiler con cabeza de perla que llevaba prendida en el cuello de su blusón de encaje.
—No sé qué decirte querido amigo. Me llamaba “su paloma blanca”. Insistía en que pronto querría abandonarle y no estaba dispuesto a dejarme alzar el vuelo. Yo le tranquilizaba. Le decía que jamás le dejaría, pero nunca me creyó. Entonces no fui más que una despreciable urraca.
—Así que… subiste al nido, agujereaste los huevos y les inyectaste… ¿el qué Rose?— Pascal no quería escuchar la respuesta. La mirada de la joven lo sorprendió. Ella contestó enajenada y mirando hacia el cielo nocturno de la noche despejada.
—Matarratas. Una solución perfecta para evitar que los zorros entren en los gallineros —El brillo de la locura en sus pupilas era tan intenso como el de las estrellas. —Hacía varios días que amenazaba con despedirte. Dijo que eras una especie de milano peligroso que cazaba en vuelo rasante y que yo era tu presa. ¿Tú me amas?
—Sí, Rose, te amo. Pero no puedo ocultar el hecho de que has envenenado a tu tío…—Respondió con angustia. Comprendió que el profesor había subido a comer los huevos, la sierra vendría después pero no había tenido tiempo de usarla.
—Desde que era una niña, he enterrado tantos pájaros en este jardín que se podría hacer un colchón con sus plumas para nuestra noche de bodas. ¿Quieres verlos? Son de mis hermanos: tordos, avefrías, cucos, mochuelos, vencejos, cuervos, arrendajos… Coloridos, libres hasta caer en sus manos, con ojos asustados, atenazados por el destino. Como yo. Por fin nos hemos librado de él. 
Se acuclilló y comenzó a escarbar la tierra con sus manos, en un impulso frenético que Pascal trató de detener. La izó por los hombros y la zarandeó con energía.
—Tú no eres una paloma, Rose, no eres un ave. Eres una asesina… mi amor, una asesina…
—Sí, pero… ¡podré volar sin temor! —Extendió sus brazos y los balanceó dejando que la tela volátil de las mangas flotase tras ellos en una danza sutil y etérea. 
Pascal rompió a llorar. 

En el manicomio, la paloma blanca recibe sus visitas mensuales y le pide que abra la puerta de su jaula una y otra vez, quiere remontar el vuelo y se queja porque sus alas se van a marchitar si no las agita.

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