Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

domingo, 21 de septiembre de 2014

PROMESA CUMPLIDA




Masha Sasiliev sentía la ponzoña inyectada en contra de su voluntad circulando por sus venas; el efecto de la droga la empequeñecía y las aletargadas terminaciones nerviosas desobedecían las órdenes que su cerebro gritaba al desmadejado cuerpo que apenas reconocía como suyo. “Correr, huir, escapar…” eran las únicas ideas que anidaban en su mente; inmersa en el caro se incapaz de resolver el conflicto que los productos químicos le habían provocado, vislumbraba aterrada y semiinconsciente, como la trasladaban del compartimento trasero de un furgón a la trastienda de un cubículo oscuro y maloliente, uno de los cientos de prostíbulos que salpicaban las noches de una ciudad que miraba hacia otro lado, ignorando la esclavitud de cientos de muchachas como ella, cegadas por promesas de futuro inexistentes. Las lágrimas afloraron a sus ojos pardos al recordar las súplicas de su abuelo para que no aceptara el ofrecimiento de un trabajo exento de garantías, ¡cuánta razón tenía el anciano y cuán cruel había sido ella al acusarlo de querer retenerla!

Había cumplido veintidós años y finalizado con éxito sus estudios de enfermería, en un país avocado al desastre político y económico, sus esperanzas se veían constantemente frustradas y a duras penas subsistían gracias a la exigua pensión de soldado, que al abuelo le proporcionaba un estamento militar a cambio de los servicios prestados en una guerra antigua y lejana que ella apenas recordaba, cuyo coste había sido la vida de sus padres y de un vergonzoso número de familias más, dejando destrozados cientos de hogares. La guerra también se había llevado uno de los brazos del anciano, que la miraba desolado, mientras preparaba su vieja maleta para iniciar el viaje que abriría su horizonte hacia un futuro prometedor. 

Un extraño que farfullaba maldiciones la arrojó sobre un camastro que desprendía olor a orines, quizás fuesen los suyos, recordaba habérselo hecho encima cuando comprendió la sordidez de la realidad a la que se enfrentaba. La habían engañado. El anuncio del periódico ofrecía oportunidades, trabajo, un pequeño rayo de esperanza que se desvaneció al instante. Quería abrazar a su abuelo y decirle que tenía razón.

Escuchó la voz de su carcelero que le recomendaba no gritar o volvería a amordazarla. Había luchado con uñas y dientes, recordaba haber arañado, mordido, pateado y sobre todo recordaba sus gritos desesperados cuando la encerraron. “Estúpida, estúpida, estúpida…” se repetía una y mil veces. Atrapada en una red de proxenetas, sería utilizada como un mero instrumento sin voz, un simple pedazo de carne para sus fines. Pensó en el suicidio; sí, se cortaría las venas con cualquier objeto que pudiese rasgar su pálida piel antes de ceder y convertirse en un juguete roto.

Los efectos de los barbitúricos estaban remitiendo y podía pensar con más claridad, vio como el hombre la miraba con lascivia, cerraba la puerta de una patada y se acercaba al jergón bajándose la bragueta. Masha supo que iba a ser violada y el pánico se apoderó de ella; se agitó frenética sobre el mohoso colchón, pero las ligaduras que mantenían unidas sus extremidades le dificultaban cualquier movimiento. Sintió el hedor del hombre junto a su cara y sus manos arrancándole la ropa para manosear su cuerpo. Cerró los ojos hasta que vio estrellas palpitantes en su interior, quería desvanecerse, morir…

Esperaba sentir la violencia, el dolor y la vejación sobre ella, pero lo que percibió fue un pavoroso estruendo a su alrededor. Alguien había irrumpido en la habitación. Una sombra se movió con la agilidad de un felino furioso, golpeando al hombre que estaba a punto de tenderse sobre ella. La silueta grande y oscura izó del suelo al violador y sin mediar palabra lo estampó contra uno de los muros descascarillados del zulo, dejándolo con el cráneo roto al instante y un reguero de semen fluyendo de su miembro inerte. Masha sintió arcadas y temió ahogarse en su propio vómito. El intruso se dirigió hacia ella y con un certero tajo de cuchillo deshizo las correas que la mantenían prisionera. Cuando observó el rostro de su inesperado paladín, a pesar de la oscuridad que se cernía sobre ambos y el estado de ansiedad y pánico que la poseía, advirtió asombrada que el hombre, joven y fornido, ostentaba una notable estatura e iba vestido con un uniforme desaliñado y vagamente familiar.

—Estás a salvo, tranquila, no te haré daño —dijo con voz profunda y varonil, impregnada de cierta ironía —, pero cúbrete —le ofreció una manta de cuadros que recogió del suelo—, eres demasiado tentadora para ojos que no han visto semejante desnudez en mucho tiempo.

Masha tragó saliva e ignoró la punzada de temor que le suscitaron aquellas palabras. Se cubrió con premura y sin apenas fuerzas masculló un “gracias” apenas audible. Estaba tan débil que el hombre la tomó en brazos con la facilidad del que eleva una pluma en el aire y salieron al exterior. Sortearon varios cuerpos sembrados por el camino, Masha supuso que habían sido abatidos por aquel hombre que la llevaba en volandas, mientras un grupo de muchachas huían despavoridas de aquel infierno sin mirar atrás. El sonido de las sirenas de la policía y la calidez de su cuerpo la reconfortaban y se sintió segura, enlazó con debilidad sus brazos alrededor del cuello masculino y dejó que el vacío penetrara en su interior, se desmayó y por primera vez en muchos días no sintió temor.
Cuando despertó, se hallaba en una sencilla habitación de hotel, decorada con molduras y papel pintado en desuso, la cama sobre la que yacía era blanda y tan cómoda que se resistía a mover su dolorido cuerpo salpicado de contusiones y magulladuras. A los pies de la misma, hundido en un sillón de enormes orejas, dormitaba él, y por primera vez pudo examinar con detalle al que le debería siempre la vida; Masha estaba segura de que no podría saldar aquella deuda jamás.
El cabello rojizo demasiado largo y la barba de varios días le daban un aspecto desastrado, el uniforme rasgado en algunos puntos de las costuras y con algunas manchas oscuras de sangre seca, contrastaban con la admirable limpieza de la estancia. Él abrió los ojos, consciente del escrutinio al que estaba siendo sometido y su rostro reflejó una ligera mueca parecida a una sonrisa, que apenas se reflejó en su mirada. Masha sintió un ligero temblor en los labios al intentar articular las primeras palabras.
—¿Quién eres?, te debo la vida… no sé cómo has podido hacerlo, pero si no llegas a irrumpir en aquel momento, te aseguro que hoy estaría muerta.

—Has dormido tanto, que en algún momento pensé que lo estabas. No importa quién soy, sólo tienes que decirle a Vladislav que he cumplido nuestro acuerdo.

—¡Te ha enviado el abuelo!—. Masha no podía imaginar cómo el anciano había intuido que se hallaba en serios problemas, y menos aún, cómo podía tener relación con hombres como aquél, si su vida discurría apacible en la tranquila aldea del Cáucaso.
—Dime tu nombre, he sido una estúpida incauta y él querrá saber, yo… quiero saber quién eres.
— Dile que Luka ha cumplido, eso será suficiente para él.
—Luka, ¿qué más?— preguntó Masha, ansiosa por obtener más información.
—Sólo Luka, no le des más vueltas, dentro de unas horas partirás de vuelta a casa y podrás olvidar esta mierda.
—A ti no —. Lo dijo en un susurro, con la voz empañada de emociones que le atenazaban la garganta. De súbito y en un impulso que no supo o no pudo controlar, se incorporó del lecho y lo abrazó con fuerza, manteniendo sus cuerpos unidos unos instantes. Sintió que él le correspondía, la enlazaba por la cintura y la apretaba contra sí. Lo miró unos segundos y vio lágrimas en los azules ojos de Luka. Masha lo besó. No pudo reprimir el impulso de alojar sus labios sobre aquella boca que mantenía un rictus de dolor contenido y que recibió con repentina hambre el gesto de amor espontáneo de la joven. Se besaron con ardor, a la par que las lágrimas de él humedecían los rostros de ambos. La depositó lentamente sobre la cama y desprendiéndose de su uniforme, se acostó sobre ella, con suavidad, acariciando cada centímetro del cuerpo que se estremecía con el tacto de sus dedos. Masha estaba segura de que había perdido la razón, pero le era imposible parar, no quería frenar su necesidad de poseerlo, abrió las piernas y se arqueó hacia el hombre que la besaba insaciable, enredando sus manos en los mechones de pelo rojo como el fuego. La pasión se adueñó de sus sentidos y él la penetró con fuerza para acompasar un ritmo de embestidas cálidas que la elevaban a la frontera del clímax. Cuando él se detuvo unos segundos para observar sus ojos implorantes, ella negó con la cabeza.

—No pares — dijo aferrándose a sus hombros, con la necesidad de olvidar la pesadilla vivida. —Ámame.
—Perdóname —.Susurró él en respuesta a la petición, y se perdió en su interior con la fuerza del náufrago que se aferra a una tabla a la deriva. Las pulsaciones de ambos corazones iban en aumento con cada acercamiento, y cuando se alejaban un milímetro, el dolor los consumía de ansiedad. De pronto llegó la liberación, acompañada de espasmos de placer que rompía las cadenas del sufrimiento, el orgasmo que compartieron se prolongó con cada roce de sus muslos, torsos y rostros, las lenguas se negaban a separarse y la cálida piel que compartían, los mantenían unidos e inseparables.

Cuando le preguntó el motivo de sus lágrimas, él volvió la cabeza en un gesto de rechazo. No iba a dar explicaciones. Ella aceptó el silencio igual que lo había recibido en su cuerpo, con la naturalidad de lo inexplicable.
Fue amor. Masha no tenía otra certeza en su vida. Se despidieron en el aeropuerto con un prolongado beso y promesas confusas. En el viaje de regreso no podía pensar en otra cosa que no fuera Luka, “el héroe”, con el que toda muchacha sueña en sus años estúpidos y alocados. Ella había estado al borde del precipicio, avocada a un infierno del que solo conocía un mínimo resquicio, pero consciente del peligro que había corrido. Se imaginó tirada en una cuneta, descompuesta y comida por las alimañas, ignorada y olvidada, como si no hubiese existido nunca. Se estremeció y agradeció la nueva oportunidad que el destino le brindaba, sin olvidar a aquellas que no eran tan afortunadas.

El rostro del abuelo se transformó cuando ella le mencionó su nombre; el anciano con la mirada extraviada subió al desván, donde Masha le oyó abrir la tapa del pesado baúl de castaño al que ella tenía prohibido el acceso. Cuando regresó a su lado, portaba una vieja y amarilla fotografía, ajada por el paso del tiempo y las polillas, en la que dos soldados sonreían a la cámara en un campo salpicado de alambre de espino; Vladimir mantenía aferrado con firmeza un kalashnikov y a su lado, los ojos de Luka la sorprendieron mirándola con fijeza. Era él sin duda. Masha se estremeció.

—¿Cómo es posible?, no puede ser cierto, he estado a su lado y era tan joven como en esta foto, ¡dime qué está sucediendo abuelo! — exclamó presa de la confusión.
El viejo soldado se sentó en un banco, demasiado cansado para refutar o contradecir a la joven. Había comprendido en su larga vida, que existían enigmas difíciles de desentrañar o que no merecía la pena intentarlo.
—Las deudas de guerra son eternas, hija—. Señaló su brazo invisible sin aliento —. Luka —sonrió con nostalgia—, era el mejor francotirador de mi escuadra, debía cubrirme en un asalto a las trincheras enemigas pero en aquella ocasión erró. Me arrancaron el brazo de cuajo. Cuando acudió en mi ayuda, estaban a punto de rematarme y Luka me parapetó con su cuerpo. Con su último aliento y un reguero de su sangre sobre mi rostro, prometió regresar siempre que yo lo necesitara para enmendar el error que había cometido. Fue un juramento de honor.
—¡Estás delirando!, no puede ser más que un cuento de viejo loco, he estado con él, nos hemos besado y estaba tan vivo como tú y yo, no me obligues a creer que me he enamorado de un fantasma—. Añadió presa del histerismo.
—Luka vaga cerca de mí desde entonces, supongo que mi preocupación le impulsó a seguirte, siempre fue un cabezota valiente, arrogante y obstinado, incluso estando muerto… por lo que me cuentas continúa siendo el mismo. —La mirada del anciano Vladislav rejuveneció con los recuerdos del viejo camarada que acudieron a su mente, mientras asentía con la cabeza en un gesto de agradecimiento mudo al pasado.
Masha comprendió las lágrimas de Luka y le amó más aún. Un ligero soplo de viento rozó sus cabellos y supo que él estaría siempre a su lado. Sonrió porque sabía que le haría regresar.



Ahora, es el momento de separar un simple relato de tinte romántico, de la cruel realidad que representa una guerra en cualquier punto del mundo en la que se esté librando. Todas y cada una de ellas, sin excepción, son simplemente una aberración, un paso atrás en la evolución del ser humano, una vergüenza...




  


9 comentarios:

  1. Hola hemos creado un proyacto para escritores principiantes a darse a conocer con sus libros a todo el mundo http://edicionesfengari.blogspot.com.es/

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    1. Gracias por la recomendación, será un placer visitaros! un saludo!

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    2. Ninguna guerra tiene justificación. ¡NO A LA GUERRA!!!.

      SALUDOS.

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    3. De nuevo paso por aquí para invitarte a pasar por el blog de josefa y participar en el concurso vida activa. dejando tu voto.Cuantos mas votos tengamos mas opción al premio.
      GRACIAS ANTICIPADAS.
      UN ABRAZO FUERTE.

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    4. Ya he votado y espero que tengas mucha suerte, un saludo!!

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  2. que narrativa eres genial, me gusto mucho primera vez que paso y seguiré visitándote, te invito a leer mis letras alguna vez

    cariños

    Hanna

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  3. Un relato interesante que ha sabido unir bajo la capa del romanticismo temas tan sumamente duros como la guerra, la esclavitud sexual...
    Me ha gustado el enfoque para esto

    UN BESOTE

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  4. Una vez más he leido tu fascinante relato y cada vez me gusta más como escribes. Me ha gustado y sorprendido el final. Como ya te comento anteriormente. Estoy totalmente en contra de las guerras sean por los motivos que sean. ¡NO A LA GUERRA!!!.

    Besitos.

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  5. Me encanta la fluidez de tu prosa. Maravilloso relato.

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