Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

sábado, 1 de marzo de 2014

LA MONSTRUA

El topicazo de siempre es reiterativo: "los gordos suelen ser felices"¡No, no, y no!... Porque no les dejamos, con el bombardeo constante de belleza estereotipada que nos rodea, no se lo permitimos, y muchas veces me he preguntado el porqué de esa pamplina continua; cada uno es como es, y ni mil anuncios en la tele, ni un millón de fotografías de modelos talla 36 me van a convencer de que lo que se pretende es una mejoría en el bienestar social de las personas. Aquí dejo un pequeño relato que me inspiró una escultura que hay en Avilés, y que me produce mucha tristeza cada vez que paso a su lado por la historia que guarda...


LA MONSTRUA

Mi infancia está repleta de un sinfín de recuerdos amargos y humillaciones debido a mi aspecto. Me sentía como Quasimodo en Notre-Dame, profanando la visión del que miraba, pero simplemente era una niña diferente y como él, permanecía oculta en mi torre de infranqueables muros para evitar que el mundo exterior me dañara. Batalla perdida antes de luchar, ya que a la edad de trece años alcanzaba los noventa kilos de peso: era “gordita” como mi abuela solía decir. ¡Pobre abuela!, gordita no, padecía una terrible obesidad infantil que me convertía en el centro de las chanzas y burlas de todos mis compañeros: “Buque”, “elefanta”, “come-todo”, eran algunos adjetivos que escuchaba a diario, mientras sentía las miradas de la gente, sorprendidas e inquisitivas, tantas veces asqueadas e irónicas a mi paso. Ahora, desde la perspectiva que el tiempo me ha ofrecido junto a cierta madurez vital, miro hacia atrás y no puedo sino lamentar las lágrimas derrochadas de una muchacha que se sentía perdida y atrapada en su propio cuerpo. Sentía tanta vergüenza de ser quien era, que cada mañana al despertarme suplicaba a la tierra que se abriera y me tragara. Recuerdos imborrables de aquellos años son, entre infinidad de indescriptibles sentimientos de auto desprecio, la terrible agonía que suponía la clase de gimnasia en mis años de instituto, intentando pasar desapercibida en la profundidad oscura de los vestuarios, aquel día aciago en el que sin poder evitarlo quedé encajada entre la pequeña silla y el pupitre del aula, diseñados para “niños normales”, o el momento inolvidable en que tropecé, enredando mis pies con los cordones de las zapatillas y fui incapaz de levantarme; el amable bedel del centro acudió en mi ayuda y le costó horrores izar a aquel ser encogido sobre sí mismo que deseaba desaparecer al compás de las risas de los alumnos que habían formado un corrillo a su alrededor. 

Mi cuerpo no me pertenecía, yo me veía desde un punto lejano en el espacio de mi mente y me asombraba al igual que lo hacían los demás ante aquella imagen que el espejo me devolvía: un rostro similar a la luna llena, aunque carente de su romanticismo. Me observaba y negaba interiormente que aquél fuese mi reflejo. A las dificultades que la vida cotidiana me planteaba, en situaciones tan sencillas como el subir las escalerillas de un autobús, hallar unos zapatos que pudiera calzar ó ropa interior que se ajustara a la talla que necesitaba, se añadía mi negación perpetua ante la realidad: El sobrepeso y la bulimia. 

No poseo ningún recuerdo de haber compartido juegos en el patio o en el parque con los demás niños, me recuerdo sentada en un banco cerca de casa, una tarde tras otra, esperando pacientemente a que llegara la hora que mi abuela había fijado para que yo regresara, la buena mujer me obligaba a salir, argumentando siempre que yo necesitaba tomar el aire. Ella no sospechaba el infierno que yo estaba padeciendo, poseía una filosofía sencilla de la vida:”las cosas son, porque son y punto”. En su apacible pensamiento no cabía la posibilidad de que algo no funcionara bien en mí, ya que nunca me ponía enferma, poseía un excelente apetito y la pequeña dificultad respiratoria era, según ella, heredada de los malos hábitos que mi difunta madre había adquirido durante el embarazo. 

La abuela fue una madre para mí, ella me crió rodeándome con sus brazos protectores, siempre pendiente de mis necesidades básicas, confeccionándome la ropa con su máquina Singer que traqueteaba sin tregua al compás frenético de mi corazón, me horrorizaban los vestidos con volantes y adornos extremadamente llamativos que aumentaban aún más el volumen de mi cuerpo. Me los mostraba orgullosa mientras con una sonrisa tierna me decía: —Vas a parecer una princesa—. A lo que yo le replicaba mentalmente con tristeza: —No “abu”, seré el dragón del cuento…—. Y por no dañar sus sentimientos, me enfundaba en aquellos diseños esperpénticos realizados con tanto amor. Porque amor no me faltó, pero quizás no me bastaba, yo misma no me quería y el muro que había construido a mi alrededor me impedía apreciarlo. 

Siendo adolescente, me refugié a falta de amistades, en la lectura. Devoraba toda clase de géneros literarios, siendo mis favoritos, los libros en los que la protagonista sufría diversas calamidades de las que resurgía fortalecida como el ave fénix, para triunfar por encima de todas circunstancias y avatares. Adoraba cualquier expresión de arte, la pintura, la música, me transportaban a un espacio plácido en el que no existía otra cosa que no fuese la belleza que yo tanto ansiaba. Soñaba despierta con ser una gran actriz, eran ilusiones adolescentes que me aliviaban de las pesadillas cotidianas, y así fui forjando mi espíritu de rebeldía, guiada por heroínas que me alentaban desde el interior de las historias que deseaba protagonizar. Llegué a la determinación de cambiar y cualquier dieta me parecía sensata pero nunca me asesoré con un profesional y hacía verdaderas locuras, que no eran más que el fruto de mi absoluta ignorancia para intentar bajar de peso. Por supuesto nunca funcionaban porque cuando caía la noche, la inquietud, el hambre y el mal humor me habían sumido en un estado de ansiedad tal, que me impulsaba como un resorte hacia la despensa, allí engullía todo lo “engullible”, volvía a la cama y lloraba con la conciencia tan sucia como el estómago, rebosante de porquerías dulces, saladas, ácidas o cualquier otro tipo de alimento; me resultaba indiferente con tal de llenar el vacío que me consumía. Y después el viaje al baño, para vomitar y deshacerme de aquel cargo de conciencia. Era un bucle continuo: Comer y vomitar. 

Una noche cualquiera me dormí llorosa y anegada en sudor, como habitualmente me sucedía, sobre la lámina de un cuadro que por casualidad había encontrado entre los libros de texto. 


“Eres una estúpida infame —susurró la figura que emergió de la oscuridad y se dirigió a mí sin titubear a la par portaba una manzana en cada mano con un mohín de fastidio resignado —te quedas estática y abrumada mirándome y compadeciéndote de ti misma mientras te sobrealimentas y regurgitas, y yo, que permanezco aquí, atrapada entre las tinieblas polvorientas de los siglos que me olvidan, tengo que soportar tu angustia. ¿Sabes cómo me llamaban en la corte? ¡La Monstrua! Me convirtieron en bufón real; disfrazada o desnuda mostraron mi persona, para deleite del rey que gustaba de fenómenos circenses. Así nos consideraban por aquel entonces; desplegaron una gran campaña de publicidad en torno a mi enormidad  pues era una “giganta” de increíbles proporciones; el tamaño desmesurado de mis muslos y vientre provocaron el estupor general y todo el mundo quería conocerme, pero nunca me preguntaron mi nombre. Me llamo Eugenia. Viví rodeada de seres desgraciados, títeres indefensos como yo misma, que hacían las delicias de las damas, que a nuestro lado se sentían orgullosas poseedoras de bellezas sutiles, ensalzadas ante tan ridículo espectáculo. Morí a los veinticinco años, sola, olvidada y asfixiada por mi propio peso, no podía ser de otro modo y realmente, te confieso, fue un alivio… ¡Pero tú!, que te auto-compadeces constantemente, tienes la solución en tus manos, la ayuda que yo jamás me atreví a soñar está a tu alcance, no peques de soberbia, no rechaces lo que te pueden ofrecer, hazlo por la niña monstrua que llevas en tu interior, hazlo por ambas…” 

Habían sido tan nítidas sus palabras que aún resonaban en mi cerebro cuando desperté con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Busqué aquella imagen por la habitación y sólo la hallé donde la había dejado: entre las páginas de un viejo libro. 

A la mañana siguiente acudí al doctor. Lo que prosiguió fue un imparable desfile de visitas médicas, chequeos y análisis, detectando así las múltiples dolencias que me afectaban: diabetes, colesterol, hipertensión arterial y una profunda depresión en la que me hallaba inmersa desde hacía mucho tiempo. Gracias a la información que recibí, supe que mi sobrepeso podía ser controlado y mi bulimia desaparecería; el apoyo profesional fue fundamental en mi recuperación, la fuerza de voluntad se ancló en mi determinación, y puedo afirmar que mi existencia y percepción de la vida cambiaron drásticamente. 

Actualmente, tras someterme a una estricta vigilancia médica durante varios años, me veo reflejada en el espejo del camerino, me reconozco y sonrío. Mi espíritu se ha liberado y mi cuerpo ya no es mi cárcel. 

Antes de morir, la abuela pudo verme sobre las tablas del teatro; aplaudía orgullosa desde su butaca y asentía con la cabeza, sumándose a cientos de manos que hoy me expresan su estima y admiración. 

No les diré mi verdadero nombre, pero sí compartiré que sigo siendo "gordita", pero humana y no estoy enferma. Soy feliz porque me lo merezco, no por mi condición física. Y  me permití la licencia de tomar un nombre artístico que todos reconoceréis: Eugenia X. 

En memoria de una pequeña, Eugenia Martínez Vallejo, apodada La Monstrua en la corte del rey, que desde las sombras de los siglos olvidados, me salvó del suicidio.


¡Me encantaría ver más portadas de revistas así!



11 comentarios:

  1. Gracias mjesus, un saludo a ti también guapa!

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  2. Has reflejado en pocas líneas una vida de penurias y sufrimiento, pero tambien de voluntad y esfuerzo. Preciosa y, tristemente real, historia que refleja una de las grandes carencias de nuestra sociedad:la empatía, la compasión y la falta de amor. Gracias por tu relato.

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    1. Gracias Elisenda por tus palabras, son tan acertadas que el relato es innecesario... un abrazo!

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  3. Maravilloso relato. Me parece que está muy bien narrado y a la vez es una reflexión necesaria. Nos hacemos entre todos... entre ayudas, conocidas o anónimas, y entre ataques, conocidos o anónimos. Cada uno está en su camino, pero todo lo que hacemos o no hacemos, siempre afecta a los demás.

    Si a alguien no le dejamos espacio y recursos para brillar con su propia luz, se mete en un laberinto de autodestrucción, de rechazo a la realidad que le toca, de ansiedad por volver a un estado anterior donde todo era distinto...

    Gracias, Beth :)

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    1. Estoy completamente de acuerdo Andoni, todo a nuestro alrededor es vulnerable a nuestro paso... y más si arrasamos allá por donde pasamos. Un abrazo amigo!

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  4. Excelente blog, iré leyendo viejas entradas para conocerte mejor. Sin dudas, me suscribo :D. Que tengas excelente día!!

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    1. Gracias Matt, bienvenido, te devuelvo la visita... Un abrazo!

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  5. Parece mentira que esa portada sea de esa revista, lástima que lo hagan solo de vez en cuando para hacerse los guays y luego vuelvan al redil...

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  6. ¡Exactamente jordim!, un poquito de paripé y pista...

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  7. No hay mayores monstruos que los que nosotros mismos nos creamos. Pero los monstruos pueden ser vencidos, ésa debería de ser la finalidad de todos los monstruos; enseñarnos a luchar para salir fortalecidos tras la batalla. Me quedo con el amor verdadero de la abuela, y con el espíritu de lucha que transmite. Me gusta!!
    Un abrazo.

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