Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

martes, 22 de octubre de 2013

EL AMANTE FANTASMA



El amor es un sentimiento caprichoso, audaz y veleta, que transforma los segundos en horas o un día en un suplicio; puede aparecer cuando le viene en gana, con un simple juego de miradas o cuando ya no se tienen ganas de él, y se quiera o no, es imposible establecer parapetos o lucha alguna en una batalla perdida de antemano, ya que desaparece cuando se cansa o se lo lleva la muerte…

En la vida de Dina simplemente se presentó desde el más allá, retornando impávido y resuelto de la oscuridad, como un fantasma perdido que se ancló a su existencia sin retroceder ni un ápice hacia la muerte, porque se había enamorado de ella...

Cuando Dina percibió que sucedían cosas inexplicables y extrañas a su alrededor ya era demasiado tarde. No había dado mucha importancia a los ligeros soplos de viento gélido que en ocasiones acariciaban sus mejillas, como si de ligeras plumas caídas del cielo se tratasen, y desechó la sensación de ser observada continuamente, convenciéndose a sí misma de que el estrés comenzaba a hacer mella en su maltrecho sistema nervioso. Vivía sola en un precioso y moderno ático; nunca se había comprometido más allá de tres o cuatro citas con el mismo hombre porque no era lo suyo, no deseaba más que vivir sin ataduras, libre de cargas familiares, independiente y escéptica en cuestiones mundanas, y volcada en una profesión que la absorbía por completo.

Así pues, la primera vez que sintió “la presencia” a su lado, apoyando una mano sobre su hombro, pensó que le estaba dando un ictus, y tras varios segundos de incertidumbre corroboró que no estaba soñando. La habían tocado. Estaba sola. Era imposible que alguien se hubiese colado en la casa pues el sistema de seguridad instalado era más que eficaz; pese a ello, giró su cuerpo lentamente esperando encontrarse de bruces con el intruso. Sus ojos no hallaron más que vacío y un escalofrío recorrió su espina dorsal alertando a todas sus terminaciones nerviosas. Con cautela, caminó hacia el salón, aguzando el oído, pero sus propios pasos crujiendo sobre el parquet fueron lo único que rompió el silencio atrapado entre ventanales de doble hoja. El disco instalado en el reproductor comenzó a sonar; aquella canción de los ochenta siempre le había gustado…”I just died in your arms tonigh” entonaba el vocalista, inundando el ambiente con su melancólica afirmación. Dina no supo cómo ni cuándo había encendido el aparato; se enfadó consigo misma por sentirse tan confusa y de un manotazo desenchufó el cable del mismo, dejando a medias las promesas nostálgicas. Miraba pero no conseguía descifrar el misterio. No se sentía enferma, la medicación que únicamente se tomaba al caer la noche para evitar las interminables horas de insomnio, no tenía grandes efectos secundarios, “excepto la adicción”, se dijo a sí misma irónicamente, ¿se estaría volviendo loca?; negó con la cabeza mientras se dirigía al baño. Bajo el agua y envuelta en vapor se relajó alejando pensamientos estúpidos y lejanos a su innato raciocinio. Perezosa y arrugadas las yemas de los dedos, salió de la ducha envuelta en suaves toallas que acariciaban su piel, dispuesta a seguir mimando su cuerpo frente
al espejo. Apenas notó el pliegue formado en la alfombrilla de rizos rosados que reposaba bajo sus pies, no pudo aferrarse a nada, sus manos quedaron batiendo el aire en un intento desesperado por asirse al borde del lavabo y en una décima de segundo volaba de espaldas esperando escuchar el impacto de su cabeza contra las baldosas de cerámica.
No sintió el dolor esperado. La mano que anteriormente había reposado sobre su hombro se interpuso en el momento preciso, depositándola sobre el suelo lentamente. Sobreponiéndose a la sorpresa inicial, cerró los ojos en un vano intento de pensar con claridad, y se izó desnuda y tensa. Había percibido claramente el tacto de aquella mano sujetando su nuca.  Se acercó al espejo para cerciorarse de que no estaba herida y los óculos de camerino le revelaron un mensaje escrito sobre el tapiz de vapor acumulado sobre la superficie del espejo: “¡Cuidado!”

—¡Quién eres!— gritó mientras mechones húmedos de cabello enturbiaban su visión —¡por qué me acosas!— repitió angustiada y tambaleante. Tomó un paño y con rabia, borró la palabra de advertencia que la hipnotizaba, frotó el espejo hasta que los músculos de su brazo se resistieron y el vapor se diluyó. Era su baño, su casa, su refugio, no podía creer lo que estaba sucediendo, pero allí se hallaba, presa de temores que nunca había albergado y probablemente histérica. Su escéptico carácter le prohibía creer en pamplinas como los espectros, espíritus y demás entes extracorpóreos y sin embargo su voz sonaba angustiada, inquiriendo al vacío una respuesta que no llegó.

Tras varias tazas de té y algunos cigarrillos, apoyada en la mesa de la cocina con la mirada absorta en una ligera muesca de la madera de ésta, se fue al dormitorio donde guardaba las cápsulas mágicas y tras tomarse una dosis superior a la prescrita por el doctor, se enfundó un viejo pijama y derrumbada sobre la amplia cama, se dejó arrastrar a las profundidades del sueño acompañada por inquietantes espasmos musculares que no la dejaban descansar. Envuelta en sudor y consciente de que estaba soñando, lo vio por vez primera, sentado en el sillón de mimbre que se hallaba a los pies de su cama.

El hombre parecía esculpido en piedra, ya había rebasado los treinta y cinco años, con la piel del color de las aceitunas maduras, en su mirada se podía apreciar un mal disimulado deje de reproche y mucha tristeza mientras la sometía a un intenso escrutinio. Ante tal silencio y contra toda prudencia Dina se enfrentó a él.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —las preguntas surgieron implorantes, esperando una respuesta, una palabra, una disculpa, pero él simplemente pareció sorprenderse, arqueando ligeramente la ceja derecha se acercó a la cama para sentarse a su lado. 

—Me abandonaste —le espetó el que tenía pose de caballero decimonónico. 

—No te conozco, estoy completamente segura de que jamás te he visto… ¿vas a hacerme daño? —preguntó Dina, temerosa de escuchar la respuesta y admirando en contra de su voluntad, la fabulosa estampa que representaba aquel hombre al que podría considerar “bello” si las circunstancias no fuesen paranoides como sospechaba que eran.

—Conseguiste que te amara y… ¡me abandonaste!, tu crueldad es imperdonable, no me recuerdas y sin embargo te he consolado tantas veces que ni yo mismo he podido llevar la cuenta. Quizás crees que, porque estoy muerto no tengo sentimientos, ¡criatura salvaje y desconsiderada!—.

—No comprendo lo que dices, jamás te he pedido ayuda, la razón principal es que no sé quién eres, y si estás muerto deberías estar yaciendo en tu tumba y no aterrorizando a mujeres que sólo pretenden descansar —murmuró osadamente la joven, temiendo que la ira que había entrevisto en aquellos ojos penetrantes que la paralizaban, la condujera a traspasar las fronteras del pánico.

—Aunque esté a punto de meterme entre tus sábanas, aún me preguntas quién soy —replicó con un latigazo de profunda y masculina voz el extraño. 

Dina reaccionó como un animal en peligro, intentó saltar fuera de la cama pero aquellos ojos que no eran de este mundo, la retuvieron como si la hubiesen convertido en estatua de sal. Se fijó en su atuendo y aquel disfraz le pareció demasiado perfecto, su camisa de lino con amplios faldones y ligeros bordados que perfilaban sus muñecas y la línea de la botonadura, sobresalía por encima de unos pantalones desgastados que desembocaban en botas de cuero hasta la rodilla, sobre el sillón permanecía una levita oscura, larga, para un hombre alto. Una moda en desuso, quizás en el siglo XIX fuera última tendencia, pero ahora resultaba un anacronismo total, se dijo mentalmente la joven, que no podía apartar la mirada del extraño que insistía con vehemencia en sus reproches de abandono.

—No comprendo —titubeó ella, exponiéndose a tropezar con las palabras y las preguntas que se arremolinaban en su cerebro.

—¡Busca en los resquicios de tu memoria! —rugió él, inyectando el frío en las entrañas de Dina —recuerda el lugar al que acudías en busca de consuelo y evitarás que te cuente una historia larga y aburrida, no necesitas arrancarme ningún secreto, está todo en las trampas de la memoria. —Su voz sonó cansada pero enredada en latigazos de pasión, para sumirse rápidamente en una mudez inesperada que hizo reflexionar a la muchacha. 

—Acudo al cementerio. —Afirma ella, como si el tiempo hubiese retrocedido y volviese a ser la adolescente
perdida y desesperada que vagaba por el camposanto cercano a la casa de sus padres, huyendo de un hogar desestructurado que la ahogaba.

—Escapo cada día, sin que nadie se percate, hay demasiado ruido, demasiados gritos y dolor, me refugio en la zona abandonada, necesito silencio y esconderme en compañía de los que nada piden a cambio y cuento los latidos de mi corazón hasta que éste se calma. Deambulo entre las tumbas olvidadas, las cruces de piedra rotas, la hierba y el musgo que trepan por las grietas de los muros, no existen nombres porque el tiempo los ha borrado y descanso sobre una losa gris erosionada por el paso de los años que elijo al azar —confiesa Dina sintiéndose en el filo de la navaja.
—¡Eras como un dolor de muelas! –la interrumpió él sin miramientos —te sentabas sobre mi lápida a fumar
cigarrillos, me despertabas con tus lágrimas sin ponerle nombre a los sentimientos, llena de desdén y rabia, sin pedir permiso, sin considerar que uno sólo se puede morir una vez, me matabas con tu pena. Me inventaste y comencé a amarte sin seguir las fórmulas convencionales—.
—Cuando me marchaba del cementerio, me sentía bien, con fuerzas renovadas para afrontar lo que me aguardaba en casa, ¡odio recordar aquél infierno! —exclamó ella con los ojos arrasados en lágrimas al rememorar el desfile de escenas desordenadas que acudieron en tropel a su mente.
—Nos reconfortábamos mutuamente, es uno de los códigos del amor. Tacto sobre tacto, he escuchado con paciencia tus extraordinarias declaraciones:”un buen lugar para suicidarse”—susurró él con tibieza — necesité utilizar todo el despliegue argumental que apenas conocí cuando estaba vivo para evitarlo, ignorando que tu perfume era bálsamo para mis heridas, cada día más abiertas, revelándome contra la dictadura del deseo—.
—A veces te imaginaba galante y gentil, otras, un pirata blasfemo, tienes que comprender que apenas era una niña, abría la compuerta que mantenía encerrado a mi espíritu y, sí, fabricaba teorías acerca de quién pudiste ser. Sólo eran fantasías que me alejaban de la crispación en la que vivía continuamente —trató de disculparse mientras se removía inquieta y gesticulaba con ambas manos extendidas.
—¡Y sin embargo aún me necesitas! –—bramó él —...como yo te necesito, me dejaste sin saber cómo olvidarte, inmerso en una tortura que ni la ventaja de estar muerto puede aliviar—.
—No puedo amarte —dijo ella, desesperada ante la idea de que el amor que tanto había ansiado se presentara de aquella manera grotesca —Ya no te necesito, hace varios meses que todo terminó, él ya no está, ya no puede hacerme daño. Supongo que estarás al corriente dada tu…”condición” —El origen de su mal había fallecido, al que nunca llamó padre, el que la obligó a marcharse con apenas dieciocho años, ya no existía, un mal ataque de tos se lo llevó al otro barrio, como tantas veces había deseado que sucediese. Había rehecho su vida sin mirar al pasado pero cuando le comunicaron la noticia del fallecimiento, no pudo evitar la tentación de acudir y ver con sus propios ojos como la persona más cruel y dañina desaparecía del mapa de su vida.
—Acudiste al cementerio y fue para mí, como el despertar para un borracho, aturdido, olvidado, abandonado, sin un adiós, no recorriste la senda hasta mí y me enfadé por amarte más allá de lo permitido —sollozó el hombre, con el rostro escondido entre sombras —y me enredé en tu cabello, en tu cuello, para deshacer el nudo que lo atenazaba, como cuando eras una chiquilla, me dejé arrastrar por tus pestañas y tu aliento, me cobijé en tu pecho y adherido a ti me llevarás siempre. Nunca nos separaremos, estamos destinados a lo irrevocable, la eternidad esperando y el amor perpetuo e indestructible…
—Nunca quise hacerte daño, te doy las gracias, por todo, antes me salvaste de una caída estúpida en el baño, quizás estuviera muerta sin ti, pero…—las últimas palabras fueron la expresión de la renuncia que él había hecho y ella al instante comenzó a quererlo: la renuncia es la prueba de amor más valiosa, sin duda. Desde ese instante lo amó más allá de la muerte, traspasando las fronteras prohibidas.

El expediente del forense dictaminó que la muerte de Dina fue provocada por una ingesta masiva de barbitúricos, la hallaron en su cama, con gesto apacible, de nada sirvieron los años de tratamiento psiquiátrico...

Cuando aquel grupo de extraños accedió a la casa, una canción sonaba con persistencia: “I just died in your arms tonight…”




29 comentarios:

  1. He llegado aquí por casualidad, curioseando. Con tu permiso, que quedo; porque me ha gustado mucho lo que me he encontrado. Un saludo.

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    1. Gracias Balagar, sé bienvenido y te envío un saludo.

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  2. Hola, es excelente el texto, amarra desde el principio y explota al final con la cita que haces de la canción. Prometo ser un asiduo visitante de tu espacio.
    Te invito a visitarme. Un abrazo
    Luis Carlos
    colordelamadera.blogspot.com/Saudades da volta

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    1. Gracias por pasarte Luis, me alegra que te guste el relato. Binevenido.

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  3. Beth, por favor LANZAAAATEEE, eres genial, soberbia, maravillosa narradora, ingenio y compromiso con lo sentimientos de manera profunda e inteligente, emocionalmente genuina.
    Del relato es que no puedo ni comentar, SOPRESA por atraparme, SATISFACCION de leer lo inesperado o esperado, CURIOSIDAD en todo momento y me dejas con el mejor final de la muerte vista con y desde el amor, SIN MIEDO.

    Mi más sincera ADMIRACION y apoyo, lanzateeee

    Besos fortísimos ♥♥♥

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    1. Gracias Tramos, lanzada siempre estoy, lo peor es caer intentar aterrizar en "blando", porque ya sabes que a veces los golpes no los evita nadie, un besote y gracias guapa.

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  4. Sórdida historia de realidad y ficción muy apropiada para el día primero del mes próximo, Beth. La ficción siempre proviene de hechos vividos con gran intensidad, rechazados o aceptados. Amores imposibles desatan recuerdos jamás olvidados pero escondidos tras un tupido velo de incertidumbre y desasosiego. Querer rememorarlos supone un esfuerzo que acaba en un único camino: tratar de volver a retomar el pasado. Un bello y fascinante relato.

    Un fuerte abrazo, querida Beth.

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    1. Gracias por tus comentarios Antonio, siempre me fascinas, un abrazo!

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  5. Amiga, me encantó este cuento, lo empecé a leer y no pude parar, y que desenlace!...una historia de verdadero amor.
    Un beso grande Beth!

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    1. Gracias Calderot, personalmente, sabía que este te gustaría... ;) un besote!

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  6. Muy buena historia de ficción. Tu blog es bastante bueno. Te felicito
    Y como bien lo escribes en uno de los renglones de tu historia "Acudo al cementerio como si el tiempo hubiese retrocedido y volviese a ser adolescente"
    Ahora soy tu seguidor.
    Te invito a que visites mi espacio.
    Un abrazo,
    Luis Carlos
    Saudades da volta/colordelamadera.blogspot.com

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    1. Te he devuelto la visita con mucho gusto, gracias por pasarte, un abrazo!

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  7. Una verdadera obra literaria querida amiga.
    Es apasionante del principio al fin, enigmático...y nos atrapa hasta su desenlace.
    Te felicito por tu narrativa.
    Besos

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    1. Me alegro que te guste el relato Luján, gracias por tus visitas, un besote!

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  8. Terrorífico... pensar que no estamos solos, que arrastramos el deseo de alguien que no sabemos ni que existe, o que en realidad no existe. Hasta el día de nuestra muerte. Quizá lo que da más miedo no es el fantasma, si no la idea de que la muerte nos pueda encontrar solos, y que de haber otra vida nos la pasaremos queriendo volver a amar a alguien vivo.

    Nos leemos

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    1. Somos enredos de miedos hasta el final ¿verdad?, gracias y un abrazo

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  9. ¡Que dulce nostalgia esa que impregna el amor más allá de lo terrenal! Está claro que el amor "fantasma" de Dina ya palpitaba en ella desde bien jóven... era cuestión de tiempo.

    Un besito, querida Beth. Sigue dándole al torno de las letras ;)

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    1. ...y el tiempo todo lo pone en su sitio... Mar, gracias, por aquí sigo, dándole a la tecla, unas veces con más ímpetu que otras, ¡qué te voy a decir a ti! ;)
      Besos!!

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  10. Me ha gustado mucho, tiene un estilo clásico muy bonito en la narración y la idea me pareció muy original.

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    1. Gracias Javier, encantada de que te guste, un abrazo

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  11. Vengo del blog de Luis Carlos Bonilla, colordelamadera, y me ha encantado tu Rincón; por lo cual, si no te importa, me hago seguidor de tu Bello y Mágico Espacio.
    Abrazos.

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    1. Bienvenido, te devuelvo la visita... un saludo y gracias por tus bonitas palabras

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  12. Magistral! Me cautivó de principio a fin. Me quedo por acá...este blog atrapa. Te invito al mio. Un cálido saludo.

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    1. Bienvenida a estye rincón Idolidia, me gusta que te guste... te devuelvo la visita y un abrazo!

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  13. ¿Has sentido alguna vez que habitas en un enjambre?

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  14. Hola Beth.
    Tienes un premio en mi blog "Un blog de época".
    Pásate a recogerlo cuando puedas. El link es el siguiente:

    http://unblogdepoca.blogspot.com.es/2013/11/otro-premio-mas.html

    Un fuerte abrazo, Beth.
    Y felicidades por una historia tan llena de sentimiento, de dolor y de renuncia.

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    1. Muchas gracias Laura, por acordarte de mí! un abrazo!

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  15. De alguna forma siempre logras atraparme...

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