Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

miércoles, 19 de junio de 2013

"MALA SUERTE"

"Esclavos en el campo de Cuba" por V.P. Landaluze

Mi abuela que en gloria esté, me bautizó con el nombre de Macacoa, que significa “mala suerte”, debido a que mi madre falleció al darme a luz. Así comencé a vagar por la vida, con aquella desgracia sobre mis endebles hombros, sintiéndome culpable desde que tengo uso de razón.

 Desde muy niño recogía camarones y cangrejos entre las rocas de la playa y me zambullía en los cayos para conseguir corales y esponjas que más tarde cambiaba por comida a las mujeres del puerto. Recuerdo la pobreza que me rodeó siempre como un castigo por haber “matado” a mi madre y me sentía resignado y merecedor de tal miseria; me lanzaba al mar y aguantaba la respiración hasta que mis pulmones estaban a punto de estallar y casi siempre me tragaba una porción de aquel bravo enemigo que nunca me dejaba ganar la partida. Entonces volvía a la superficie y no podía ver nada hasta que mis ojos dejaban de dar vueltas. Algunos días no conseguía sustento y mi abuela me perseguía con una vara de palma, y nos quedábamos sin cena y sin conciliar el sueño a causa del rugido de nuestras tripas.

He de confesar que en alguna ocasión, el hambre me impulsó a robar: sentía debilidad por los dulces y blandos tomates que la pobre anciana racionaba y escondía de mis fauces, pues era capaz de engullir sin control hasta el último de ellos. Ella tenía un guacamayo que me gritaba con su voz rasposa: “¡Macacoa ladrón!” “¡Macacoa puerco!” y yo quería retorcerle el pescuezo y lo cubría con mi sombrero de paja para hacerlo callar. ¡Un día casi me arranca una oreja porque le arranqué  una pluma roja! Con la pluma adorné mi humilde sombrero para que la niña de La Rabiosa -una hacienda muy próspera próxima a la costa, en la sierra de Escambray, lugar donde vivíamos- se fijara en mí. Su padre era el amo de todas aquellas tierras y había arrendado a mi abuela, que trabajaba en la plantación de tabaco, una chabola llena de agujeros que en invierno nos hacían tiritar  a pesar de que los cubríamos con trapos y hojas de banano.
Yo no quería trabajar en los campos porque el amo era malo, usaba su látigo con los que le incomodaban; un día le vi atropellar a un muchacho con su carro, le rompió la cabeza y prosiguió su camino sin detenerse. Sólo me acercaba para ver a la niña. Escondido entre los matorrales esperaba para verla pasar sentada a la grupa de su yegua blanca. Ella no era malvada como su progenitor, se peinaba con lazos amarillos y me gustaba verla sonreír porque tenía todos los dientes, no como yo, que me faltaban dos o tres, aunque luego me volvieron a crecer. Recuerdo que yo tenía ya quince años y seguía mirándola a escondidas... ¡era tan hermosa! y yo estaba loco por ella.

Por aquella época yo perseguía a los palomos y perdices que el amo engordaba para la suelta, estaba convencido de que no hacía ningún mal, que tenía derecho, ya que me los comía al contrario que él, que después de cazarlos se los arrojaba a los perros. Nunca me descubrieron hasta aquel día: usaba una pequeña honda y con la práctica había afinado mucho la puntería pero en aquella ocasión fallé y el guijarro fue a estrellarse contra el anca de la yegua blanca que se embraveció del susto. La niña logró controlar al animal y yo temeroso de que se cayera, salí corriendo de mi escondrijo entre los matorrales para sujetar las bridas. Ella me miró furiosa, levantó su fusta –yo nunca la había visto usarla contra nadie– para azotarme, e inmediatamente reparó en el ave que colgaba inerte de mi cinturón de cuerda y, sorprendiéndome, soltó una carcajada que a mí me sonó a música celestial.

-¿Eres tú Macacoa? –preguntó sonriendo mientras se bajaba de su montura.

-Sí, yo soy, niña…señorita… –respondí sintiendo mucho calor en la cara–, lo lamento mucho, no era mi intención asustar a su caballo.

-He oído hablar de ti. Mi padre te la tiene jurada ¡cuídate de que no te agarre, porque es capaz de despellejarte! –me dijo alegremente sin reparar en mi pies descalzos y mi cara sucia.

-Descuide que no me dejaré atrapar –aseguré fanfarroneando–, por facha no tengo buena planta, pero soy veloz y astuto… y buena persona –añadí con cierto temor– no me descubra –supliqué–, ¡haré lo que usted quiera! –me fastidiaba humillarme así, pero realmente estaba muerto de miedo.

Así comenzó nuestra amistad. Ella se empeñaba en acompañarme hasta la playa y quiso un día aprender a nadar. “La gente de bien no se mete en el mar, niña Carmencita” le dije; pero ella, que había descubierto el sabor de la libertad en mi compañía, no me escuchó. Se quitó el vestido y se arrojó al agua en camisa y polainas. A mí me daba vergüenza pero no podía dejar de mirarla: tenía la piel más blanca que había visto en toda mi corta vida; al lado de un mulato como yo resaltaba como la luna en medio de la noche. Yo la seguía por el agua con el miedo en el cuerpo porque no me podía creer tanta felicidad. Buscábamos conchas y caracolas y más tarde yo le hacía collares y prendedores para el pelo, y ella se reía de las perrerías que yo le hacía a mi abuela aunque a mí no me hacían gracia los capones que la pobre vieja me daba a cambio.

-Nunca puedo divertirme como tú, Macacoa, mi vida es triste, ya puedes compadecerte de mí –me decía la niña entre lánguidos suspiros.

-Tú comes todos los días, no seas ridícula –le espetaba yo enfadado–, a mí no me importaría no tener que mojarme en invierno.

Desde que tuvimos aquella conversación, algunas tardes me traía bocadillos –decía que estaba muy flaco –el que más me gustaba era el de pan de maíz con quesillos y mimbures, aún se me hace la boca agua al recordarlos.

Un día me dijo: “Macacoa, quiero saltar desde las rocas como tú haces.”

¡Ay no! eso no se lo permitiría.Una cosa era que me arreasen unos latigazos por enseñarla a nadar y otra que me colgasen acusado de “empujarla” por el barranco.

-Tu expresión es de felicidad cuando te lanzas al vacío, quiero sentir lo mismo que tú... ¡niño feote y ladrón! -replicó enfadada cuando me negué-. Me insultaba con una sonrisa tan bonita que yo no me sentí ofendido, en mi interior sabía que ella me quería tanto como yo a ella. Nunca saltó, con gran alivio por mi parte, y pronto se olvidó de aquella locura.

Si algún día la esperaba y no aparecía, me entraba un retortijón de pena que no entendía y me pasaba las horas cabizbajo y mohín. Un buen día me sorprendió al decirme:

-Macacoa, no quiero llamarte así... ¿mala suerte? para mí has sido buena, desde que te conozco sé que voy a ser feliz por unas horas cuando vengo a la playa y mis pies están descalzos como los tuyos, ¡es una suerte porque tú no sabes lo que molestan los botines! así que dime con qué nombre te bautizó el cura.

Yo, que no sabía si había sido bautizado, le di el primer nombre que se me cruzó por la mente: Eusebio, así se llamaba un rondallero español que había vivido en el pueblo y traía a las muchachas locas por su capote. Recuerdo que tiempo después tuvo que marcharse porque un marido celoso lo amenazó de muerte al descubrirlo en el cobertizo de su casa. El nombre le gustó y pasé a ser Eusebio desde aquel día. A los diecisiete años yo la llamaba Carmen a secas; nuestro grado de confianza era tal que no podíamos vivir el uno sin el otro y, día sí, día no, nos citábamos en el acantilado de Mariatela.

Mi abuela hacía tiempo que sospechaba de nosotros y en cierta ocasión me dijo:

-Macacoa ¿qué tramas loco? vas a ser nuestra perdición, esa niña no es para ti... Mala Suerte ten cuidado –me recomendaba con un deje de ternura en su voz, a lo que yo le respondía que Carmen me quería por el hombre que era y no por lo que tenía, que era básicamente nada. 
Una tarde Carmen no apareció. Las dos semanas siguientes tampoco, y yo, que ya estaba desesperado, me dirigí a la plantación para intentar saber de su paradero.

-Macacoa, la niña se casa –me dijeron–, se casa este mes. Mala Suerte, te quedarás penando porque esa perla no es tuya. Se la lleva un señorito de La Habana que tiene mucha tierra y un parque para él solito. 

No quise creerlo y decidí indagar bien, me engañé a mí mismo pensando que ella podía estar enferma de viruela, porque había epidemia por aquel entonces y la gente se moría sin parar. 

Al caer la noche esperé como un mochuelo en la oscuridad del jardín hasta que todas las luces de la gran casona estuvieron apagadas, excepto la de su habitación, y la observé pasear de un lado a otro leyendo o rezando, que le gustaba mucho –ella me enseñó, aunque yo nunca me aficioné mucho a esto de las plegarias.
Trepé por los rosales viejos y me aseguré de que estuviera sola antes de llamar al cristal. Se asustó al principio pero corrió a abrirme cuando comprendió que era yo el que llamaba. Lloraba abrazada a mi pecho y yo, que casi lloraba con ella, le pregunté si era cierto lo que me habían dicho.

-¡Ay Macacoa! –hacía mucho tiempo que no me llamaba así y me molestó que lo hiciera porque parecía un mal presagio en aquel momento –yo no le quiero, que es ruin y feo, pero mi padre me casa.
Y siguió llorando desconsolada mientras yo, temblando de impotencia le acariciaba el pelo con delicadeza.

-No te puedes casar, Carmen, porque yo te quiero y me moriré si lo haces…

Ella me miró decidida y me abrazó, confesándome que también me quería y que no soportaría estar lejos de mí. Nos besamos y allí sellamos nuestro destino.
Huimos. Ambos sabíamos que aquello podía significar la muerte, pero decididos a que nada ni nadie nos separase, nos hicimos fuertes ante las adversidades que fuimos hallando en el camino. Siempre perseguidos por el amo, que soltó a los perros para seguir nuestro rastro, logramos escapar. Cuando me observaba pensativo y preocupado me animaba diciéndome: Eusebio, que nos queremos y el amor ha de ser fuerte, no dejes que nos roben la felicidad.
Y yo agradecido, seguía luchando contra el destino de mi nombre.

Dos años pudimos vivir aquel amor. Un amanecer, tenía yo a nuestro hijo recién nacido en brazos, pequeñito y llorón, más moreno que blanco, y la puerta de la choza se abrió. Su padre desde el umbral de la misma, disparó a su hija que yacía en la cama recuperándose del parto. Sin dudar ni un instante, la mató. Loco de furia al ver que me arrebataba la vida, porque su vida era la mía, le pagué con la misma moneda al amo y aún tuve tiempo de escuchar las últimas palabras de mi niña Carmen.

-Huye Eusebio, no dejes que la mala suerte te impida vivir. Cuida a nuestro hijo y enséñale a ser bueno como tú...

Hoy recuerdo mi juventud desde otro país, llegué aquí, cansado de huir y con el hijo de ambos como mi mayor tesoro. Soy un hombre bueno, mulato, feote y poco ladrón, como ella me quiso siempre. Voy cada día a la playa y me parece verla entre la espuma de las olas, sonriéndome… 

Cierto día de invierno, una anciana me preguntó mi nombre al verme llorar. Le dije que no es Eusebio, que me llamo Macacoa: Mala suerte... La  mujer negó con la cabeza y replicó que aquí, mi nombre solo significa Tristeza.






                                                                            

3 comentarios:

  1. Hola querida amiga, ojalá que llegue pronto tu verano porque aquí estamos pasando demasiado frío. Gracias por venir a la hora del té.
    Te dejo un beso y mi gratitud.
    Precioso mensaje me dejaste, hoy estoy medio cansada pero pasaré a leer tu narración que promete mucho.
    Cariños enormes para ti.

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  2. Hola Beth.
    Me llamo Laura. Gracias al Club de las Escritoras, he descubierto tu blog.
    Me he dado una vuelta por él. ¡Es precioso! Las historias que escriben son realmente hermosas. Tristes, pero también llenas de esperanza.
    Me quedo por aquí.
    Un fuerte abrazo, Beth. Te sigo.

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    1. Gracias por pasarte Laura, te devuelvo la visita porque veo que tenemos muchos gustos en común, un placer conocerte!
      Un besote!

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