Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

lunes, 7 de enero de 2013

ACOGIDA



De todos es sabido que no es conveniente llevarse los problemas laborales a casa pero no siempre se puede cerrar esa compuerta que separa ambos mundos, sobre todo cuando tu trabajo implica el cuidado de niños que han sido maltratados, huérfanos o abandonados. La impotencia ante la barbarie gratuita de diferente índole convierte la profesión en un dilema que te enfrenta a complejas, difíciles y sobre todo humanas contradicciones personales. En un centro de acogida infantil, la Navidad está exenta de la emoción propia que cualquier pequeño siente ante la inminente llegada de Papá Noel o los Reyes Magos, no por falta de interés y empeño por parte de los funcionarios, que ponen la casa del revés para mitigar cuanto pueden la sombra de tristeza que acecha las miradas infantiles, conscientes la mayoría, de sus carencias familiares y afectivas, sino porque realmente son días de ensoñación y deseos que raramente se tornan realidad: Tony quiere que su madre regrese a buscarlo, Laura llora por sus padres muertos, Teté reza para ser adoptada por una familia de película…

En mi mente se agolpan infinidad de nombres y rostros, anhelantes unos, rebeldes otros, indefensos y desarraigados, con infinidad de preguntas y enigmas por resolver, la eterna pregunta que martillea sus inquietos cerebros es “¿Porqué yo?”.

En el ala de los más pequeños suena una nana dulce y melódica cuando ingresa Samuel, un bebé que acaba de nacer con importantes malformaciones, repudiado por una madre drogodependiente y enferma que no es capaz de cuidar de sí misma. Me han comunicado que su esperanza de vida es muy corta, tres meses a lo sumo, en el hospital ya no pueden hacer más por su maltrecho organismo así que lo han ubicado en el centro para que ocurra lo inevitable. Se convierte en un trámite burocrático más, como tantos otros que han desfilado por las instalaciones, amparados por el sistema que nos rige, acompañado de un extenso informe que enumera los cuidados y medicación que requiere y pasando a formar parte de una estadística que nadie lee. Samuel pasa a convertirse en un número más en el universo infinito de las instituciones estatales.

Todos los niños quieren conocer al nuevo miembro de nuestra pequeña familia, todos saben lo que sucederá porque no es la primera vez, así que lo miman un ratito, le tocan la cara diminuta con infantil torpeza y luego se van, evitando entablar cualquier tipo de lazo emocional, la experiencia les ha mostrado el camino a seguir para evitar añadir sufrimiento a sus cortas vidas. Los comprendo perfectamente, a veces deseo olvidar, ignorar, cerrar los ojos o volver la cabeza, pero me resulta imposible porque yo soy la adulta y como profesional no debo rehuir los problemas, “los números”, para los que como yo, trabajamos cada día en este ámbito, significan catarros, pesadillas, peleas, llantos, huídas a ninguna parte, depresiones, agresiones, intentos de suicidio… Y en ocasiones muerte. No negaré que también existen la esperanza, el esfuerzo y el trabajo ofreciendo sus frutos y nos enorgullece recibir la visita de aquellos que logran hallar su camino y comparten la vivencia con los que aguardan su turno infundiéndoles valor y reforzando la valía que poseen por derecho, pero es sin duda un recorrido duro, sembrado de obstáculos que no todos son capaces de sortear, en una vida que se torna laberíntica y confusa.

No pude o no quise huir de Samuel. Ya no recordaba las advertencias de episodios pasados, en los que algún compañero había sufrido las consecuencias emocionales de involucrarse personalmente en el caso de un niño especial más allá del deber profesional, los efectos habían sido devastadores y se podían leer en sus rostros, en sus miradas, pero ¿cómo evitarlo cuando la profesión que desempeñas es tan jodidamente estremecedora? La pérdida de un niño deja cicatrices imborrables y visibles para el que sabe mirar.

Se acercaba la Nochebuena y la cena estaba preparada, el comedor salpicado de espumillón y bombillas de colores, las mejores ropas exhibidas en cada uno de aquellos pillastres que picoteaban a escondidas las bandejas de turrón y mis compañeros enloqueciendo con la algarabía que se había formado en torno a ellos. No debí acudir aquella tarde, la Navidad había coincidido casualmente con mi período de vacaciones y me sentía relajada, conclusos los preparativos en mi propio hogar, aún quedaban un par de horas para la cena, salí a realizar varias compras improvisadas y en un impulso repentino me acerqué al centro de acogida para ver cómo se desarrollaba la velada.

Me recibió un torbellino de chácharas nerviosas, mohines de enfado, gritos, carcajadas y voces pidiendo la cena al unísono sin demasiado entusiasmo, conversé un ratito con todos y corroboré que los ánimos estaban alterados por diversas emociones encontradas: la festividad y las ausencias. Siempre sucedía lo mismo, no dejaban de ser niños y les maravillaba el concepto de la Navidad al tiempo que la decepción se hacía patente en sus caras según avanzaban los días. Pregunté a mis compañeros si necesitaban que les echara una mano. No, no me necesitaban, todo estaba bajo control, información innecesaria porque en el ínterin ya sabía que muchos de ellos se habían ofrecido voluntarios para trabajar aquel día. Yo había prometido a mi familia que disfrutaríamos juntos de la noche, así que me despedí de todos y volví sobre mis pasos para dirigirme hacia la salida cuando escuché el llanto quedo de Samuel en la habitación-cuna. Sin pensármelo dos veces entré y saludé a la auxiliar que le cambiaba los pañales con un gesto de resignación, el pequeño se iba apagando con el paso de los días y presentíamos que el desenlace estaba cercano. Me consternó la imagen de aquel ser diminuto y vulnerable que viviría una sola Nochebuena y se marcharía sin haber tenido la más mínima oportunidad de revelarse y luchar. Me ofusqué ante la injusticia del destino que le negaba la vida y ofrecí a la joven que lo miraba con tristeza la posibilidad de unirse a los demás en el salón principal. Ella asintió con un movimiento de cabeza y salió de la habitación depositando a Samuel en mis brazos. Al sentir la tibieza de su cuerpo pegado a mi pecho sentí una profunda sensación de pánico: había tomado una decisión. No esperé a que mi mente se despojase del primitivo instinto de protección. Busqué al gerente del centro que me miró atónito y le dije, sin concederme tiempo para dudar, que Samuel se venía conmigo a casa. Él me inquirió preocupado si estaba segura de lo que hacía, me conocía lo suficiente para saber que no, pero mi determinación era tal que tras varios trámites burocráticos y un sinfín de firmas en distintos documentos legales, el proceso de acogida en mi propio hogar estaba regulado, nos despedimos, deseándonos suerte hasta mi vuelta tras las vacaciones y me marché con el pequeño y su reducido equipaje.

No dejaba de pensar en lo que diría a mi familia cuando al cabo de varias horas de ausencia, me viesen aparecer en casa con el bebé. Mis hijas preadolescentes y mi marido, conocían en profundidad la naturaleza de mi trabajo, pero esta vez no se trataba de trabajo. Simplemente era un acto que nacía en el epicentro de mi alma, que brotó por sí solo, de forma natural, sin prejuicios ni reparos, segura de que aún nos sobraba un poco de amor para reconfortar a aquel ángel sin alas que nunca llegaría a volar por sí mismo.

Fueron unas maravillosas Navidades. Los pares de brazos se multiplicaban para acoger con ternura al bebé, mis hijas derrochaban mimos y calidez con el pequeño, mi marido dejó a un lado su preocupación inicial ante lo que supondría un futuro cataclismo emocional y le dedicó más atenciones que cualquiera de nuestros familiares y amigos, hechizados por el tesón con el que Samuel asía las manos que se acercaban a las suyas. Pasó a formar parte de nuestra vida con la naturalidad inevitable que el instinto de amar provoca en los seres racionales. En nuestro protector reducto familiar, Samuel vivió su única Nochebuena rodeado del cariño incondicional y férreo que todo niño merece y necesita. Se fue una semana después mientras dormía, en silencio y arropado por el amor que despertó en nuestros espíritus. Emprendió el viaje dejando la huella de su fugaz paso por esta vida en las nuestras, colmándolas de sentimientos de distinta naturaleza, la pena de mis hijas, la extraña sensación de vacío y el dolor que inundó a mi marido, mezclados con la frustración que yo sentía, convirtió aquella Navidad con Samuel, en un ancla forjada de realidad que nos aferró a su recuerdo y a la certera idea de que nuestra vida privilegiada ha sido capricho del azar.

Regresé al trabajo con esa sensación en la boca del estómago que te impulsa a correr lejos, a otro lugar, a desear convertirte en parte de los que están extramuros. Respiré la mezcla de colonia, talco y desinfectante que inundaba el salón y fui consciente de que nuca podría huir.

El árbol navideño de plástico, decorado con la anarquía espontánea de docenas de manos, contra todo pronóstico aún permanecía en pie, resistiendo con estoicismo los zarandeos de nostalgia que provocaba su visión, me acerqué seguida por las miradas expectantes de los niños y cerca de la estrella raquítica de purpurina colgué el chupete azul de Samuel. Nadie de los allí presentes miró hacia otro lado, quizás se preguntaban si el año próximo alguna de sus pertenencias colgaría del árbol como testimonio de su paso por la vida. La pequeña Ruth con los ojos anegados de lágrimas envió un beso invisible y volátil hacia el vacío. Y el vacío se fue alejando.

9 comentarios:

  1. Gracias Beth por compartir tu experiencia y por desempeñar ese maravilloso trabajo.Samuel estará siempre con vosotros y seguro que nunca olvidareís esta Navidad en la que tanto le ofrecísteis pero seguro que fué mucho más lo que recibísteis de él.
    Un Beso

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  2. Gracias Princesa Nadie, pero he de aclarar que es un relato ficticio, no he tenido la experiencia que detallo y ésta se origina a partir de una conversación con una amiga que sí desarrolla este trabajo y tras esa charla me decidí a crear esta historia...De todos modos agradezco mucho que te guste. Un abrazo!!

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  3. Realmente llegué a pensar que eras tú la protagonista ,la he querido llevar a mi blog aunque ya he rectificado para no conducir a los demás al mismo error
    Tendré que volver por aquí con más tiempo para leer más relatos
    Un Abrazo

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  4. ES una historia especialmente extremecedora. Es injusta la vida con esos niños que ni siquiera han tenido la oportunidad de abrirse al mundo. Pero también es digno de alabanza el gesto tan maravilloso que tuvo la autora de la misma. Me ha conmovido. Un abrazo

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  5. HOLA
    VENGO DEL BLOG DE PRINCESA NADIE, MARAVILLADA POR LA IMAGEN DE UN BEBE PRECIOSO.
    ME ENCUENTRO CON UN RELATO SUMAMENTE CONMOVEDOR QUE HABLA DE AMOR Y DE GENEROSIDAD, DE DAR... YO PIENSO QUE DANDO SIEMPRE ES DONDE HALLAMOS LA VERDADERA FELICIDAD.

    EXCELENCIA EN LA NARRATIVA.
    TE FELICITO.

    ME QUEDO EN TU BLOG Y TE INVITO AL MIO, AL PRINCIPAL.

    lujanfraix.blogspot.com

    POR SI QUIERES VISITARME.

    BESOS

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    1. Gracias por tus palabras y sé bienvenida!, sin duda acepto esa invitación con mucho gusto!
      Un abrazo!

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    2. Que bien narras las emociones Beth. Me dan ganas de ir a buscar a Samuel y devolverlo a casa de esa familia ficticia para siempre.
      Un abrazo grande

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  6. GRACIAS QUERIDA BETH POR VENIR A VISITARME A MI RINCONCITO.
    ME DA FELICIDAD QUE HAYAS LLEGADO, ERES BIENVENIDA.
    REGRESA CUANDO QUIERAS, ME ENCANTA CONOCER AMIGOS NUEVOS.

    MUCHOS BESOS

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  7. Yo al igual que Luján, mi amiga, vengo del Blog de Princesa Nadie. He leído tu relato y me he emocionado al pensar en esos niños necesitados de un hogar, de cariño, de protección. Pensaba que eras tú la protagonista de la historia de Samuel ya he leído que no es así, al menos por unos días él sintió todo el cariño y el amor que hasta ese momento le había sido negado. Un abrazo

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