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martes, 4 de diciembre de 2012

LA ESTRAPERLISTA



No recuerdo ni una sola Nochebuena de mi infancia en la que mi padre estuviera presente. Trabajaba siempre, sin importar fechas o eventos, de él dependía que la jaula del pozo subiera y bajara cada día del año con su carga humana de gestos taciturnos y sobrecargados de responsabilidad, ansiedad y, no voy a decir miedo, pero sí cierto temor que planeaba como una sombra oscura sobre aquellos hombres. Lo veo despedirse de nosotros cada mañana y dirigirse hacia la mina, con paso lento pero firme, delgado y nudoso, con el pantalón de mahon repleto de pulcros zurcidos con los que mi madre salpicaba la tela en un vano intento de conservarlos con cierta dignidad. Cuando llegaba el mediodía yo era la encargada de llevarle la comida en una cazuela, que siempre contenía el mismo menú: sopa. Era lo único que le entraba en el cuerpo, y no transigía en el debate sobre la cantidad de fideos que ésta debía llevar, así pues, mi madre tenía la medida tan tomada, que estoy segura de que la cantidad era exacta cada día. Cuando cayó enfermo, dejó de comer definitivamente. Y los problemas aumentaron, la falta de salud y de medios desesperaba a la pobre mujer, que sin pensárselo dos veces y con cuatro bocas que clamaban como jilgueros hambrientos, se enroscó en la toquilla verde de diario y se dirigió a la boca del pozo en busca del capataz, por si aquel pudiera echarnos una mano con la “papeleta” que teníamos. Sí, hubo buenas intenciones y alguna peseta que aliviaron el achuchón por el que pasábamos, pero todo tiene su fin y un buen día nos vimos sin nada.

Esa extrema necesidad fue el empujón que la convirtió en estraperlista. Con el afán de mantener con vida a aquel hombre que se consumía por momentos y darnos algo que comer, recorría los montes desde Pola de Siero hasta la Cuenca, acarreando sacos de “fabes” que más tarde vendería a las vecinas a buen precio. Hasta que la suerte le dio la espalda un día de Santa Bárbara. La Guardia Civil la atrapó con las manos en la masa y queriendo apropiarse de la mercancía, además de arrestarla, le dieron el alto en mitad del puente de Lada. Ante la insistencia de los guardias que le exigían entregara el material que llevaba a cuestas y las penurias que le había costado a ella llegar hasta allí con aquel tremendo peso, decidió y así se lo dijo a la pareja, que si querían “les fabes” fuesen en su busca, y sin más abrió los sacos y los vació en el río. El Nalón con legumbres a remojo, le costó cinco duros de multa que se negó a pagar, sobre todo porque no los tenía y en consecuencia permaneció en la cárcel una semana, convirtiéndose en un gran problema para nosotros, ocultar su paradero a mi padre que la llamaba día y noche sin comprender porque ella no acudía. Cuando al fin la soltaron, llegó a tiempo para tomar entre sus manos la cara de él que agonizaba lentamente y escucharle decir orgulloso, que, en el pozo no había paisano que tomara la sopa más rica que él, que le apetecía un “vasín” de vino para celebrar que había vuelto y que...¿qué le había pasado en la cara que la tenía llena de renegrones?

Aquel año, mi padre tampoco estuvo con nosotros en Nochebuena. Se fue en silencio, como siempre iba a la mina, pensando en ella y dejando tras de sí a cuatro mocosos y una mujer pirata, que luchó con uñas y dientes por los suyos, a la sombra alargada de aquel castillete que se alzaba frente a nosotros: sombra poderosa, negra, mina…

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