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miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL HOSCO


Creación del dibujante Bar  para ilustrar el cuento que publiqué  en el desaparecido periódico La Voz De Asturias en el año 1995... El tiempo no pasa...¡vuela!
Creación del dibujante Bar
para ilustrar el cuento que publiqué
 en el desaparecido periódico
La Voz De Asturias en el año 1995...
El tiempo no pasa...¡vuela!
En 1942, eran muchas las familias que en España vivían bajo el fantasma del hambre, la pobreza, la tristeza. La guerra civil había diezmado sus cuerpos y espíritus, le arrebató a padres y hermanos, hijos y amigos...
La vida era una difícil lucha que no permitía distracciones y para Manuel, como para tantos otros hombres y mujeres, aún no había llegado el momento de olvidar, aún no existía un hueco en su corazón para la sonrisa, la felicidad había sido desterrada de sus sentimientos.
Vivía en un pueblo pequeño, rodeado de montañas majestuosas que permitían y aceptaban orgullosas el vasallaje de infinitos mantos de frondosos bosques y prados extensos y caprichosos en su manera de yacer. Manuel, el Hosco, como le llamaban en el lugar, jamás reía, por nada, con nadie. Sólo trabajar, trabajar y conformarse con lo poco que la vida le ofrecía, que era más bien escaso: su trabajo en una mina de monte, una casa, pequeña y blanca con dos ventanucos, cinco gallinas y una mujer hermosa y zalamera, acostumbrada a vivir con la seriedad de su marido.
Ella había conocido a un Manuel distinto, pero de aquello parecían haber pasado mil años. Cuando él regresó del frente, vió en sus ojos el dolor que le embargaba, el sufrimiento, los recuerdos amargos que noche tras noche le impedían dormir.
Porque le amaba, ella aceptó aquel sentir de Manuel y respetó su gesto taciturno, su seriedad, sus silencios... aunque añoraba profundamente los tiempos de antaño y conservaba la esperanza.
Transcurría el mes de Febrero frío y húmedo, gris y melancólico, pero los carnavales seriamente prohibidos, perseguidos y castigados estaban tan cercanos como el día que amanecía y ella, joven e inquieta, se sintió osada y valiente. Le dijo a su marido que le gustaría disfrutar de tan singular fecha.
El la miró pensativo y le recordó los disgustos que podría suponerles si la Guardia aparecía por el pueblo. Desilusionada, asintió con la cabeza pero en su interior se revelaba y esperó pacientemente a que Manuel partiera hacia el trabajo, no sin advertirle nuevamente que no fuera loca.
Le vio marchar y entró decidida en la casa, se apresuró a realizar sus labores y atendió a las gallinas que la importunaron más que otros días, finalmente se lavó en el arroyo de pies a cabeza y regresó a la casa. Ella quería mucho a Manuel, pero anhelaba un poco de baile y diversión y no se lo pensó dos veces: se embadurnó la cara de polvos, nerviosa, vistió su cuerpo con la inquietud de la imaginación y las posibilidades y se encaminó hacia el claro del bosque donde sabía, se celebraría una fiesta clandestina y carnavalesca.
En la fiesta nadie la reconoció. Segura y confiada, bailó rió, bebió y sintió la alegría fluir por sus venas, desterrando cierta culpabilidad al pensar en su marido, ya que él nunca se enteraría de aquella audacia suya. Terminada la fiesta, se dispuso a regresar y comprobó con pesar que se le había hecho tarde y corría el riesgo de tropezarse con Manuel en el camino.
Corrió a través de los prados, se arremangaba las sayas para ir más veloz, con la esperanza de llegar a la casa antes que su marido, cruzó el arroyo sin sentir el dolor del agua helada y no sintió miedo en el bosque, demasiado silencioso ya.
De pronto frenó su carrera, se sintió desolada, de nada habían servido sus prisas, pues allí estaba él, en medio del camino, cansado tiznado de carbón y sorprendido por la repentina aparición.
La desazón de ella pasó a ser parte de otra cosa cuando vio que su marido no la reconocía, incluso parecía temeroso. El disfraz era lúgubre ciertamente y ella sonrió ante la idea de gastarle una broma a Manuel.
La pequeña mujer le estaba asustando, las piernas de él temblaron un poco, porque quien quiera que fuese el enmascarado, debía flaquear un poco de la cabeza ó ser de mala calaña pues le hacía muecas y desafíos impidiéndole el paso. Ella se divertía y prosiguió ante su desolado hombre, acercándose lentamente y hululando como un fantasma. Manuel, el Hosco, a pesar de su seriedad, era supersticioso cuando algo que no parecía ser de entre los vivos le provocaba tan descaradamente. Era un hombre fuerte y luchador en el Ebro, su miedo había muerto con su inocencia y compañeros, pero lo sentía revivir con sus aprensiones en ese momento... y se avergonzó de sí mismo.
Se agachó con precaución ante el avance del fantasma, agarró un canto del caminó y...disparó. El fantasma no estaba muerto pero el alarido que acompañó a su estampida era premonitorio de agonía. El contempló como "aquello" desaparecía entre los arbustos, sintiéndose agotado, tanto por el susto como por el largo día de trabajo, así que continuó el camino, estaba deseando llegar a casa.
Llamó a su mujer, pero ésta no respondió, la buscó por los alrededores pero tampoco la halló y resignadamente se sentó en el banco de madera y esperó.
Ya comenzaba a preocuparse cuando la vio aparecer por el sendero. Caminaba despacio, cansina, con un fardo bajo el brazo y apenas miró a Manuel cuando entró en la casa seguida de éste, que con insistencia la interrogaba acerca de su tardanza. Ella le explicó que una vecina de la aldea se había puesto enferma... pero Manuel ya se había fijado en su frente, negra y abultada. La besó suavemente pero nada dijo, y ella vio como se dibujaba lentamente una sonrisa en su rostro, supo que había sido descubierta y se confesó culpable de la fechoría. Estaba herida, pero no era grave. Una piedra lanzada con la fuerza de un hombre era la causante de aquel dolor y Manuel la contemplaba con mal disimulada sonrisa, para de repente, dejar escapar de su garganta sonoras carcajadas que retumbaron por la pequeña estancia.
Ella asentía a las preguntas que su marido le formulaba entre risas y risas. ¡Sí!, se había divertido, ¡sí!, había bailado, ¡sí!, había ahuyentado y ¡sí!, había sido socorrida por una vecina que la vio sangrar frente abajo con dolor.
Manuel, el Hosco, riendo, pues era incapaz de contenerse, le pidió perdón a su mujer, pues jamás, bajo su condición de hombre la había dañado, lo había jurado ante Dios y ante ella, pero no habían mencionado a los fantasmas.
Ella acurrucada en sus brazos reía con él, dejando paso a lo que llaman un poco de ocio y desfortuna, dejando paso a un poco de felicidad, la vieron entrar por los ralos agujeros de los ventanucos. A sí pues, ella no sentía el dolor de su frente sino el bullicio de la risa del hombre al que amaba. Sonido añorado y muy lejano en su recuerdo.

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