Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

jueves, 1 de noviembre de 2012

CAMPO DE NIEVE

 Cada mañana, Martín abría las ventanas de nuestra habitación. Me resistía a despertar y respiraba el aire fresco que acariciaba lánguidamente las sábanas rebeldes tras las que me refugiaba. Mi vientre abultado, asomaba entre la maraña de tela como una inmensa montaña de esperanza, él lo tocaba entre anhelante y asombrado, me provocaba con una sonrisa irónica y yo que no toleraba broma alguna sobre la hinchazón de mis pies o el tamaño de mi cuerpo, le arrojaba una almohada entre amenazas.
No describiré el miedo, las dudas y la expectación que nos embargaban. El miedo, nos acompañaría el resto de nuestras vidas. Dí a luz un bebé con importantes malformaciones, era blanco como la nieve más pura y su pequeño rostro me recordaba al de una muñeca de porcelana de sonrisa ambigua. Todo se derrumbó.
Como una vieja fotografía envuelta en sombras, persiste en mi mente la expresión de Martín: aquel hombre lloraba por el niño incapaz de hacerlo, yo dije que todos estaban equivocados, más tarde suplicaría esa equivocación, algún día aprendería a sonreír, a caminar, me hablaría y llegaría a desbordarme de tristeza cuando me abandonase para vivir su vida. Pero no fue así.
Le llamamos Samuel, un nombre dulce que no lo asustara en aquélla cárcel en la que se hallaba encerrado. Cuando la esperanza se agotó en los hospitales nos lo llevamos a casa. Parecía formar parte de la decoración, pero no era una figurita, era nuestro hijo que respiraba y poseía un pequeño corazón que yo sentía latir contra mi pecho cuando lo abrazaba.
El miedo se estableció en nuestras vidas. Cuidarlo resultó un duro proceso de adaptación y jamás acepté aquel muro infranqueable que me separaba de mi hijo. Miedo a que sintiese dolor, hambre, frío, miedo de mí misma...
A pesar de todo, Samuel se aferró débilmente a la vida y como una planta de mediotoño, crecía lenta y silenciosamente.
Martín se alejó de nosotros.Ya no abría las ventanas cada mañana y cuando bromeaba, la sonrisa no le llegaba a los ojos, se quedaba parado, mirando hacia el interior de mi mente, consciente de que yo le conocía demasiado para creerle.
El día que Sam cumplió cuatro años, su padre volvió temprano a casa. Sonreía misterioso y noté que ocultaba algo bajo su abrigo. Le seguí por el pasillo hasta la habitación del niño, había algo inusual en su actitud porque normalmente hacía mil cosas antes de visitar al pequeño. Se acercó a nuestro hijo que yacía en la cuna bañada por los últimos rayos de sol y con un sólo brazo lo alzó en vilo. La cabeza rubia cayó hacia delante y Martín se sentó en el sofá acomodando al niño sobre su regazo. Por los pliegues del abrigo asomó un bulto negro. Era un cachorro que temblaba de nerviosismo. Martín acercó el perrillo a Sam y besándolo con ternura observó la mirada vacía de su hijo. Estuvo allí largas horas, acunando al niño, después lo depositó en la cuna junto al animal y salió de la habitación sin mirarme, las lágrimas se lo impedían.
Había sucedido otras veces, Martín esperaba un despertar milagroso, a pesar de que en el fondo de su alma sabía que resultaba imposible. Supongo que sólo era amor aunque a veces pareciese locura. Cuando actuaba así, yo apenas podía encontrar sus ojos y si le presionaba un poco, se tendía de bruces sobre la cama y maldecía no ser más débil para huir. Llevaba mil frustraciones encajadas en el alma y ambos sabíamos que nada le impediría seguir luchando y acumulando más y crudos desengaños. Cuando le hallaba derrumbado, le dejaba, sabía que deseaba estar solo, recomponerse y disfrutar del tibio momento que nos produce la auto compasión. Más tarde me buscaría y apoyando la cabeza sobre mis rodillas susurraría palabras de perdón. Aquel día dijo que nuestro hijo se hallaba en un campo de nieve, frío, lejano y apacible, del que no regresaría. Nosotros le acompañaríamos en su viaje.
Pero Sam no quiso, murió un buen día y nos dejó vacíos sin su vacío, viviendo sin su silencio, con el recuerdo y su mensaje...
     

               "Me llamo Samuel y soy autista. También me faltan algunos dedos en las manos y pienso que a la gente le da asco tocarlas. Ella huele bien y cuando su pelo roza mi cara tengo un sentimiento raro. El cachorro les cuida y lame mi cara cuando están despistados. El cachorro tiene ojos grandes que me cuentan secretos de reír. Ella me acerca a la ventana, el polvo flota en la luz y me hace cosquillas. Ha sido extraño estar aquí, tienen los ojos tristes, me gustan más los del cachorro. A veces tengo que despertar, pero hay oscuridad y silencio, me gusta dormir porque oigo sus voces y les digo que tengo miedo y ellos pueden oírme también. Entonces él me acuna pero esta vez no tiene agua en los ojos."
Samuel ( 1986 - 1990 )



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