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lunes, 29 de octubre de 2012

EL SECRETO DE MATILDA (Primer premio del concurso de relatos convocado por la Editorial dÉpoca y el foro Historias de Época)


Matilda Jenkins había sido una joven bella y culta, sin atisbo de presunción por las muchas cualidades de que era poseedora, debía su esmerada educación a su querido padre, rector en la vicaría y a su imprescindible hermana Deborah, que con fructífero esmero desempeñaba el papel de madre desde que esta falleciera. Deborah, precursora de valores morales tan estrictos que resultaban prácticamente inalcanzables, veía en Matilda su gran obra conclusa, el destello brillante de la perfección ética en una sociedad que adquiría tintes sombríos con el devenir de los tiempos. Matilda siempre se dejó guiar. Confiaba ciegamente en la sabiduría de su querida  hermana mayor y con la sumisión que otorga la ingenuidad en las almas cándidas aceptaba las críticas y consejos sin vacilación, consciente de su juvenil ignorancia.
Sólo una vez en su vida se había revelado. Sentada en la penumbra de la habitación, mirando la imagen de la anciana desconocida que el espejo le devolvía, recordaba lo que ella consideraba su gran secreto: Treinta años atrás había cometido una falta imperdonable, se había enamorado en contra de los preceptos básicos del decoro, de un hombre inferior, inaceptable en todos los aspectos, sobre todo para Deborah.
Matilda recordaba sus encuentros furtivos en el campo con Thomas, se reunían al atardecer en la ribera del río. Ella se escabullía  buscando siempre con algún pretexto razonable y corría a través de los campos sembrados hacia la inminente cita que la aguardaba. Él, sonriente y optimista, la recibía siempre con pequeños obsequios que hacían factibles ante Deborah las recurrentes excursiones: una cesta de frambuesas, un ramillete de lavanda o tomillo, una delicada guirnalda de flores, cualquier detalle servía para evitar sospechas indeseadas por los amantes. Los primeros encuentros fueron tímidos y atemperados, una ligera charla sobre el estado de las truchas, los partos del ganado que se esperaban para primavera...pero el carácter franco y alegre de Thomas y su respetuosa admiración, consiguieron que Matilda se sintiese relajada en su presencia y dejara aflorar a la joven impetuosa y ávida de sentimientos desconocidos que subyacía en su interior. Sentados sobre un tapiz de césped se tomaron de la mano por vez primera. Thomas sentía la temerosa aprensión de ella y jugueteó con su trenza anudando un lazo de intimidad desconocida entre ambos. El primer beso apenas fue un ligero roce de sus labios, siguieron muchos más, palabras de amor, caricias, promesas.
Todas fueron quebrantadas. Thomas fue rechazado sin atisbo de contrariedad por su familia. El vulgar granjero aspiraba a conquistar un preciado tesoro. Se sintió como un despreciable ladrón o pirata asaltando los buques de Su Majestad.
El día del adiós definitivo, la recibió ansioso su lugar habitual. Ella llegó con los párpados hinchados y manos temblorosas tras haber pasado la noche en vela, no poseía fuerzas para revelarse y ambos lo sabían. Aquella sería la última tarde que pasarían juntos. Cuando Thomas reprochó a su amada la poca valía que ella le otorgaba, lo débil de su amor, ella se deshizo en amargo llanto y él se sintió morir por dentro. Arrepentido por su dureza, se acercó a la joven que le daba la espalda para ocultar las lágrimas, le acarició el pelo con ternura y susurrando palabras de consuelo la tomó entre sus brazos besándola apasionadamente en la frente, las mejillas, los labios. Ella lo aceptaba sin reparos. Allí, en el momento del obligado adiós, se convirtieron en adultos, tomando posesión uno del otro con la sencillez del amor sincero y puro que proveía la comunión perfecta de dos almas gemelas perdidas en el remolino de un destino irrefrenable.
Sí, Matilda había sido un ejemplo de conducta toda su vida: prudente,espiritual y delicada. Guiada por la sabiduría de su hermana mayor, era admirada por la incondicional vecindad que jamás osaría dudar de su virtuosa sencillez vital, pero treinta años después albergaba en su corazón las palabras que Thomas y ella intercambiaron aquel día, palabras que se tornaron votos eternos.
-¿Renunciarás a amarme?- preguntó él.
-¡Jamás!- contestó ella.
La penumbra inundó la habitación, la soledad era sofocante. Miró a través de la ventana y pudo distinguir más allá de los campos, cerca del río, la silueta de Thomas que la aguardaba.


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