Este es un refugio de historias, pasa y lee si te apetece, mis palabras enredadas.

viernes, 3 de febrero de 2017

CORRUPTO



Su cuerpo derrotado, famélico y enfermo, se había transformado en el sarcófago portador del ser que un día fue antes de perder la decencia: un hombre valeroso y luchador, racional y resolutivo, confiado e invencible, quien se había transformado a través de una profunda, lenta e imperceptible metamorfosis, en la encarnación ególatra del pretencioso ente nacido del vientre del primero. 
El tiempo —sepulturero vocacional—, selló con paladas de lodo espeso y frío la fosa a la que arrojó cualquier ideal contrario a sus ambiciosas aspiraciones antes de caer en el agujero en el que yacía.Ocultaba los restos de su alma tras la mirada vidriosa y vacía, alimentada de vino ácido y barato obtenido mediante plañideras súplicas a los peregrinos apresurados y afectados por la ceguera selectiva e instintiva ante estampas incómodas como la suya. Le lanzaban monedas desde sus bolsillos tintineantes por exceso de calderilla sin valor, y proseguían su itinerario, aliviados y libres del fugaz lastre de su presencia.
Agazapado en cualquier esquina se dedicaba a rememorar, durante interminables horas de inmovilidad, los paseos confiados por el borde del abismo que le condujeron al fracaso. No emitía palabras de reproche ni miradas desdeñosas. Evitaba y rechazaba cualquier acercamiento. No ansiaba consuelo o redención. La cobardía le avergonzaba y empequeñecía, hundiéndole en su guarida mental, donde se hallaba a salvo de los depredadores emocionales. 
Recordaba las palabras garabateadas con pulso trémulo sobre una cuartilla arrugada, como el acto más pavoroso realizado por propia voluntad. Nunca consiguió enviar la nota de suicidio, y cubrió su desaparición con un telón de tragedia misteriosa e irreparable, en la obra más ensayada de su vida. Su paso firme, decidido, desesperado, o tal vez desquiciado, fue serenándose cuando levó el ancla que lo mantenía asido a la seguridad de su muelle protegido de tempestades inesperadas. Los guijarros del camino le horadaron las suelas de los zapatos y, al fin, la sangre fluyó desde su piel para teñir la huida, dejando un rastro imperceptible de pequeñas lágrimas rojas... hasta que no pudo caminar más. Había llegado al fin del mundo. De su mundo.
El control, la garantía y el confort de una vida planificada al milímetro se desvanecieron cuando salió a la luz el expolio que había infringido sobre los bienes ajenos. No consiguió sostener la mirada acusatoria de su hijo sin sentir punzadas en la nuca de fieras mariposas grises que agujereaban con sus hambrientas probóscides el plan trazado para el joven figurín de revista. Su esposa miraba hacia otro lado, mostrando su perfil cincelado por las expertas manos de hábiles cirujanos, desechando los brotes de escrúpulos tardíos que salpicaban su jardín secreto como malas e insignificantes hierbas, y percibiendo la caída sin inmutarse, pues cualquier síntoma de debilidad la convertiría en culpable, y ella, flor imperecedera, siempre se había mantenido al margen e inmune a los hechos perturbadores en el interior de su ostentoso invernadero. 
Las investigaciones policiales condujeron a la familia hasta las primeras páginas de los rotativos. Fueron acosados, interrogados e insultados a las puertas de los juzgados, y finalmente, el dictamen de culpabilidad rebotó contra los muros, acompañado por el eco gutural de aplausos iracundos. 
La pena de cárcel no fue excesiva para el culpable de tan desvergonzado saqueo. Cumplió la condena adjudicada por el juez sin parpadear. Los años de encierro transcurrieron sin dolor. La pequeña celda no carecía de comodidades y, a través de los barrotes oxidados, inhalaba dosificadas bocanadas de oxígeno cada vez que sentía una leve sensación de ahogo. En ocasiones le sondeaban. Querían saber dónde ocultaba los bienes sustraídos y jamás le creyeron cuando negaba con insistencia su culpabilidad, porque no existía sobre las tablas del gran teatro, un actor con más talento que él, y todos lo sabían: le habían adulado en demasiadas ocasiones, expresando admiración, envidia y esa antipatía nacida en la zona inferior del pecho, en la cual el aire se encona produciendo hipidos de celosa rabia. 
La paciencia fue la consorte aliada en su periplo y no le permitió flaquear ni cuando el desarraigo y el rechazo le convirtieron en un paria sin patria. La tormenta de arena le azotó durante años sin causar daños irreparables. Cuando salió de la prisión, esperó. El olvido deslizó un sudario raído sobre el pasado, convirtiéndole en un cuerpo exento de gravitación, en un ovillo de carne y huesos, y comenzó a sentir el dolor profundo, lacerante y desconocido hasta entonces, que solo podía mitigar por los recuerdos regurgitados del poder que un día poseyó en la palma de la mano. 
La transformación estaba en proceso de ejecución. El desprecio de su retoño, aquel rubio querubín desposeído de sus ignífugas alas, fue el latigazo que más piel le desolló. Le negaba la mirada, el contacto o cualquier palabra de perdón. En ocasiones rompía el silencio perpetuo y le escuchaba murmurar: “ladrón”. 
No existía el amor. Las camas separadas por un débil tabique silenciaban los argumentos que trataban de perforar sin éxito los ladrillos para llegar a los oídos de una mujer humillada y resentida. Ella no le creyó porque era el mejor actor del mundo. El nivel de vida descendió y estallaron llantos y lamentos enfermos cuando los embargos se llevaron los oropeles; adiós al manso caballo de crines oscuras, al brillante coche de cristales tintados, a los abrigos de pieles, a los colegios privados, e incluso a los más sofisticados aparatos gimnásticos, que desaparecieron con la exquisita mansión que los contenía y que fue sustituida por un apartamento de dos habitaciones, cuya humedad penetraba en los bronquios de sus residentes y propiciaba el rencor y las vistas a una realidad desconocida, obligándoles a convivir en la peor de las celdas: la ocupada por reos acomplejados y rencorosos. 
La degradación le apeó de su trono arrebatando de su testa la corona de falso reyezuelo omnipotente. Se consoló durante algún tiempo al compás de los consejos de otros falsos regentes, quienes le acogieron y ofrecieron la disfrazada amabilidad de los hipócritas hermanados, y una inmensa cantidad de glorificaciones que apestaban a droga. Aceptadas las lisonjas y las invitaciones sin intención de permanecer como convidado de piedra, entraba en los burdeles y se entregaba sin tregua al compás de jadeos caros y perfumados, porque así lo requería su estatus de huésped de puteros millonarios. 
De fondo, en la televisión pública, los afectados rogaban, lloraban y elevaban sus plegarias a una justicia infecta, mientras él introducía su pene en una vagina cansada y tomaba su ración de cocaína de los labios ajados y disimulados por el carmín y la sonrisa pétrea de la muñeca rota y recompuesta para cada ocasión. Empujado al límite de la avaricia, pisoteó, maltrató y robó sin un pestañeo molesto o amago de culpabilidad. No era distinto a sus congéneres, aquellos perros asilvestrados entre la maleza de asfalto, hurgando con sus hocicos los restos descompuestos que otros carroñeros de su misma especie habían dejado atrás. 
Como un pirata paciente esperó a que la isla estuviera desierta, y volvió en busca de los doblones ocultos. Y los halló. El tesoro que jamás le perteneció permanecía intacto. Los sobres repletos de dinero le sirvieron como pasaporte hacia una nueva vida; se compró una identidad señorial limpia de sospechas, y quiso comenzar de nuevo sin esfuerzo, convencido y pletórico: aún acopiaba bajo su manto lo que había sustraído a la gente sencilla y humilde, confiada y segura que creyó en sus promesas. 
Incluso conservaba aquel dolor estúpido, palpitante y continuo en la base del cráneo, que le impedía elevar la cabeza y mirar de frente, obligándole a mostrar la coronilla hacia el cielo, en un gesto de humillante subordinación. 
La dolencia aumentó para convertirse en una sentencia mortal. En la habitación de un exclusivo hospital le predijeron el futuro, y cuando la fortuna se volatilizó costeando los caros tratamientos y panaceas fallidas, se encontró vacío, impotente y abandonado. Luchó y perdió. No había rastro de los compañeros de manada ni de la familia humillada. De nada sirvió su titánico esfuerzo por gobernar en el reino de las falsedades. Se había convertido en un lobo viejo sin colmillos, solitario y enfermo, encogido de hombros, sin capacidad para hallar respuestas correctas a las interrogantes que tímidamente acudían a su mente desequilibrada por la derrota. 
La sociedad, su principal víctima, objeto de su ninguneo sistemático, traicionada, dolorida, hambrienta, y violada hasta la saciedad, le recogió una noche de la ciénaga pútrida en la que se ahogaba con su propia inmundicia, y le otorgó cuidados paliativos en la cama de un hospital público… ¿sin rencor? 

lunes, 2 de enero de 2017

La madrastra de Hansel y Gretel estaba hasta la peineta.


 Esta ilustración pertenece a Gemma de los Santos
http://gemmadelossantos.blogspot.com.es/2014/01/
progreso-de-hansel-y-gretel.html

Banca, la  extraña visita carente de alas etéreas o belleza angelical, se instaló en la aldea de Hansel y Gretel, sin aviso previo ni empadronamiento pertinente para desbaratar la bucólica y apacible existencia del lugar. La madrastra de ambos, lavandera a tiempo completo en las gélidas aguas del río y ama de su casa, contemplaba aturdida cómo  la recién llegada exhibía un poder extraño, malicioso, deprimente, y carente de pudor ante la humilde comunidad de vecinos que, poco a poco, fueron perdiendo la sonrisa y las ganas de vivir en general. Se lo comentó a su esposo, a la par que ocultaba sus enrojecidas manos bajo el delantal, cierto día que el leñador regresó al hogar hastiado y agotado de talar cuatro troncos flacos y verdes que apenas servían para alimentar la chimenea sin llenar la pequeña casa de humo asfixiante. Una noche más, tendrían que cubrirse con las mantas confeccionadas de pequeños retales extraídos de los sacos de altramuces y pegar saltitos por el pequeño corredor para entrar en calor antes de irse a la cama.
Hansel y Gretel les miraban con pena y, conscientes del sufrimiento de sus padres, decidieron que había llegado el momento de llevar a cabo su plan para ayudarles; dicho plan no era otro que aceptar la generosa propuesta de Banca. Podrían obtener cuanto desearan a cambio de poca cosa.
Banca “la poderosa”, aquella bruja callada y desconocida, les había ofrecido todo tipo de golosinas: créditos, hipotecas, avales, tarjetas que inducían a compras impulsivas del momento, por las que solo exigía un par de menudencias a cambio. Los muchachos aceptaron porque nada tenían que perder, nada les impedía aceptar en el eterno y mísero bucle en el que se hallaban inmersos.
La vida de la sufrida madrastra dio un giro a la derecha de la calle Serrano, el padre montó un tinglado de inversiones fantasmas para las marionetas estelares del teatrillo ambulante en el que Pinocho era la estrella rutilante del momento, y colgó el hacha y la sierra en la pared misma de su camerino, como advertencia implícita contra posibles “espantás”.
En líneas generales, la bruja Banca les había trocado la miseria por avaricia, convirtiéndolos a todos en capos de la economía, en odres rebosantes con la tripa llena de pitanza y bienes materiales. 
He aquí que, llegados a este punto del cuento, los zagalillos le tomaron gusto al tema de irse de marcha por las noches y casi siempre volvían con tal grado de embriaguez que no acertaban a aparcar el cuatro por cuatro en el jardín trasero, en el que antaño plantaran coles de Bruselas, y lo dejaban tirado en cualquier cuneta con las alfombrillas cubiertas de dudosos fluidos corporales y latas de Red Bull.
Banca siempre les excusaba, les perdonaba las faltas, les indultaba porque esperaba paciente y ávida la compensación que les pidió a cambio de tanta algarabía, dulce, caramelo, y tanto desahogo; estaba a punto de ser retribuida con la calma, la paz y la placidez de una almohada seca de lágrimas, mucho, mucho insomnio, y miedo a perder todo lo adquirido. En una palabra, el alma misma convertida en corchopán. 
Hansel se liaba con todas las pibitas que se le ponían a tiro hasta que tuvo un mal cálculo y metió un golazo por toda la escuadra, con el consiguiente escándalo parroquial a todo bombo, nunca mejor expresado, y se tiró nueve meses dándose cabezazos contra la máquina expendedora de profilácticos que había en la taberna de la esquina.
Gretel, pensativa mientras le hacían las mechas californianas en la peluquería, llegó a la conclusión de que el precio era demasiado elevado y dudó de su existencia por primera vez, y porque la resaca la tenía amargada. Se vio reflejada en el espejo de cuatro lunas y supo por revelación espontánea que se había convertido en una caricatura de la que un día fue, en una ilustración barata y mediocre con bolso de poli piel y gafas de mercadillo. Ese descubrimiento la hizo llorar y corrió a casa, abrazó con cuidado a la madrastra que acababa de estrenar blusón de seda, y pidió a su padre que se largaran de allí cagando leches hacia otros pastos, a cosechar jarabe de arce y recoger cebollino rodeados de gallinas y conejos. Que aquello no era plan de un día, era un plan para siempre; Banca y su hermanastra Crisis los tenían enganchados por el cuello con sus manos invisibles y cúbicas, y se ahogaban en un mar de aluminio, sin aire ni pulmones, sin trinos alegres ni tesoros escondidos.
Hansel y Gretel no volvieron a consumir setas sin el asesoramiento del buen padre, quien solía hallarlos tumbados en el prado, delirando acerca de brujas prestamistas.
Cuando llegaron a la casa les recibió una nota escrita con prisa y clavada de un taconazo a la puerta con una chincheta plateada:

“Estoy hasta la peineta de vosotros, haraganes, ¡zánganos!, ¡más que zánganos!, otra vez os habéis olvidado encima del piano los currículos… ¡así no hay manera!

Me marcho de viaje, a ver si despejo la mente y me doy pomadas en las llagas. Esposo, te espero en Los Picos de Europa, en la cabaña del pastor, con queso y leche de la buena, y un fin de semana a solas, tú y yo…

Los señoritos tienen la cena en el horno, ¡mañana que lo intenten de nuevo!

Mamá.

lunes, 31 de octubre de 2016

Diálogo (En el día de Todos los Santos)



Sentí curiosidad al verla abandonada y pregunté. Nadie sabe quién yace bajo ese manto de invernales brotes tardíos. La cruz torcida y desamparada no significa nada, oxidada y mal anclada, sin nombre ni fecha es un simple trozo de hierro, símbolo de creencias que no comparto. Como lo cortés no quita lo valiente, entablé conversación —curiosa como soy—, pero con educación: 
—¿Necesitas consuelo o estás en paz?
—Ni flores ni velorios, ni llantos o amarguras recibo a estas alturas.
—Mañana te traigo un brote del rosal, ¿lo prefieres amarillo o no gustas de tal? 
—Déjame tranquilo en mi tumba sellada,
que ya no siento el frío de mi muerte olvidada.
—Si pudieras decirme quién fuiste y por qué nadie te asiste…
—¡Qué ilusa eres! ¿Acaso crees que acudirán siempre a la tuya?
Después de mucho cavilar, comprendí sus palabras: ¡yo también estaba muerta! 
Me encogí de hombros y le propuse: 
—¡Vayámonos de fiesta! Bailaremos a la luz de los cirios rojos,
ajenos y ocultos a los ojos curiosos.
—No soy fantasma de tales antojos… 
—Pues... ¡Qué eternidad aburrida me espera a tu vera!
Tenía razón el cascarrabias: han transcurrido mil años y nadie me recuerda.
Como cada año, llega el día señalado y sólo la campana me desvela.
Habéis de saber que soy terca,
y convencí al misterioso vecino,
quien no soporta mi continua protesta, 
para salir a la noche oscura
e irnos de murga.

Libertad


El odio embiste inmisericorde sus sueños y los convierte en un puñado de azufre quemado. Invisibles grilletes la mantienen prisionera, y le oprimen los tobillos y el pecho. Apenas puede respirar. Su existencia es una permanente labranza sin cosecha. Se despoja del burka sin miedo, con rabia, y una certeza se abre paso en su mente agotada: es hora de caminar.

viernes, 7 de octubre de 2016



EL PRÍNCIPE PERDIDO
Este relato fue seleccionado como finalista en el
Certamen Internacional de relato corto
 Harvey Milk Harvey Milk 2013




Relatar mi historia forma parte de la cura a la que someto a mi alma y, sin respirar, le arranco los apósitos que han cubierto las heridas incapaces de cicatrizar por sí mismas. Han permanecido abiertas durante tanto tiempo que ignoré cualquier bálsamo capaz de aliviar el dolor. Esta noche, mi hijo me ha pedido que le relate de nuevo la historia del príncipe perdido, consciente de que escucha la historia de su padre, el hombre al que amé; el hombre que me encontró perdido en un mundo desigual en el que no hallaba mi lugar. Ahora plasmaré sobre el papel la historia del verdadero príncipe. Cuando nuestro pequeño sea un hombre, y comprenda que evité los detalles del relato, sabrá que los omití por la crueldad que en ellos se encierran.
Husaam y yo nos conocimos en el exclusivo colegio inglés al que nuestros ambiciosos padres nos enviaron. Él pertenecía a una de las familias más poderosas del país que no mencionaré por cobardía, porque aún me estremezco cuando lo oigo mencionar. Era un muchacho arrogante, desenvuelto, poseedor de todo aquello que deseaba; habituado a lujos inimaginables, su poder de atracción proyectada con la fuerza de un imán poderoso, le rodeaba de la élite del campus, siempre tenido en cuenta y en el punto de mira de los más ávidos conquistadores. Más allá de cualquier expectativa que yo pudiera tener, una tarde cualquiera se fijó en mí, el apocado y tímido joven que intentaba pasar desapercibido; en mí... que soñaba cada noche con las dunas del desierto y con aquellos ojos negros y misteriosos del nómada ataviado con turbante de seda, amándome a la luz de la luna oriental embriagada por el olor de las especias; el muchacho que espiaba cada uno de sus movimientos y conocía cada rictus de aquel rostro bello que transmitía promesas de calidez. Ese era yo.

Las circunstancias de nuestro primer encuentro fueron especialmente humillantes para mí durante la agresión habitual con las palabras que levantan muros y la risa de la concurrencia ante las imprecaciones de siempre: marica, come-pollas... y un largo etc. de sinónimos que me asombraban por la facilidad con que eran hallados para describirme. Husaam me parapetó bajo su manto de respeto, alejó a los cobardes de mi vida y, finalmente, mis sueños se cumplieron. Tras finalizar nuestros estudios, viajamos por Europa, me llevó de la mano por las encrucijadas de la vida que me atormentaba con despropósitos inventados en mi confusa mente. Y me amó. Nos amamos al borde del abismo que amenazaba nuestra relación. Su país de origen, la cultura estrictamente intolerante y la religión acusadora de la que provenía, le impidieron regresar a sus raíces. Yo era su hogar, me decía, tras hacer el amor en las cálidas aguas del Adriático, o en cualquier otro destino al que huíamos, perseguidos por las fabulosas ofertas económicas de los padres ofendidos, que veían como las abominaciones que habían salido de sus entrañas se olvidaban de las reglas y el orden preconcebido. 
Nos casamos una tarde cualquiera y, establecidos, felices e ignorando al mundo, vivimos la pasión y el encuentro milagroso que nos unió. Tras varios años de tranquila armonía, llegó tras sufrir en el purgatorio burocrático, la más atroz de las penitencias, la ternura de la adopción. Nos miramos a los ojos y supimos que aquel bebé enfermo nos necesitaba, teníamos mucho que ofrecerle: cariño, cuidados y esperanza; una familia real en la que crecer… Sin dudar ni un ápice, pasó a formar parte de nuestra vida, con la certeza de que hacíamos lo correcto. Aún nos sobraba mucho amor y nuestro pequeño se introdujo por cada resquicio del alma única que Husaam y yo constituíamos. Nuestro hijo superó con muchos tratamientos y tesón la enfermedad que le aquejaba, y alegró nuestra casa con innumerables noches de llantos que nos volvían locos, pañales sucios y catarros esporádicos, risas y monerías, caricias y primeros balbuceos. 
La felicidad no se puede mencionar en voz alta porque estoy convencido de que se desintegra al ser aludida.
Mi esposo recibió un telegrama en el que su madre, aquella que había pasado su vida tras la oscuridad del burka, la que se escapaba para enviar escuetos mensajes que siempre finalizaba con las palabras “hijo mío”, lo reclamaba. Se moría. De nada sirvieron mis súplicas. Mis ruegos chocaron con la pertinaz decisión que Husaam tomó. Lo vi partir con el corazón encogido de miedo; nos despedimos en el aeropuerto sin saber que sería la última vez que nos abrazaríamos; aún siento sus labios sobre los míos susurrando un último adiós. A pesar de todas las precauciones tomadas y los cambios realizados en los documentos, lo arrestaron en cuanto puso los pies en su tierra. Era demasiado conocido, demasiado valiente; desafió al mundo como un halcón salvaje. Por sus venas fluía la rebeldía ancestral de los príncipes guerreros de los que descendía. 
La acusación fue respaldada por las fotografías que nos fueron tomadas furtivamente en Europa; de nada sirvieron los alegatos de la defensa, pues no existe peor poder que el que se asienta sobre la intolerancia y la ignorancia. 
Mi marido fue condenado y colgado por el cuello hasta morir. Su dedo anular fue sesgado por llevar la alianza de matrimonio con mi nombre grabado.
Esta noche le cuento a mi hijo la historia de lo valiente que fue su padre. Le relato que se perdió luchando contra un dragón que escupía llamas de injusticia;y nuestro niño toma su fotografía y estampa un sonoro beso sobre ella.
Algún día no muy lejano conocerá la historia del verdadero príncipe perdido, aquel que murió por amor.

jueves, 23 de junio de 2016

CORAZONES MERCENARIOS

Soy personaje discreto en lo que alcanzo, y he de presentarme como quien soy, de nombre y de carácter, por consideración a vuestras mercedes. Me arropa el apellido Dufort de mi madre francesa, y en la pila bautismal, Bastien me pusieron con más desatino que gracia. Poco conozco sobre mis orígenes, pues se da el caso que no crecí con padre, y sí con el sambenito de ser el bastardo de mi pueblo en una época en la que se acusaban las pedradas en la frente, cuando no tenías quien te defendiera y eras diferente. 
Al cumplir los quince, como no tenía intención de seguir siendo el centro de burlas y chanzas, cogí mis aperos con fuero y me trasladé a tierras más prometedoras en busca de hacienda y fortuna. Trabajé como una mula y ya supondréis que no hallé ni la una ni la otra. Así, hastiado de invocar a la buena suerte, provoqué un cambio en mi destino uniéndome a una cuadrilla de dudosos caballeros, los cuales eran más conocidos por sus tropelías que por sus modales. Mercenarios nos llamaban sin tacto; acudíamos a luchar por el blasón que más monedas ofreciera, ya fuera en privado o en batalla abierta; siempre armados hasta los dientes —el afortunado que aún conservaba alguno—, derramando sangre y tripas por causas ajenas, fueron pasando los años, convirtiéndome en uno de los más audaces y temidos de la fea ocupación. No duró mucho la estima hacia mi persona, pues en una de las tantas escaramuzas libradas en Lisboa, un mal lance me hizo perder reputación y me condenaron al ostracismo, aunque yo —¡créanme!— me veía enviado a galeras de por vida o abandonado en el barranco de los ahorcados. 
En un giro de la providencia, fui llamado por un noble de importancia —más enredador que bueno—, para llevar a cabo un encargo delicado que no pude rehusar. Al momento comenzaron mis entuertos… y fui de mal en peor. Me susurra mi creadora que no reniegue tanto, pues con toda seguridad medraría en el oficio si no poseyera tantos escrúpulos en el acto de ultimar labores sin hacer preguntas previas. Yo le replico que un servidor tiene de su parte la razón: que no mato por matar, por placer o por fardar.
Si lo anterior os parece banal o de poca monta, lo que me acontece en esta historia no es plato de buen gusto. Menesteres, pecados y sinsabores, amores y desengaños, novias infieles y bastardos, doctores, duques y pescadores, en un camino polvoriento con la vizcaína siempre a mano y la conciencia intranquila, me traen y me llevan a lo largo de estas líneas: apaleado, cabreado, victorioso, irónico y nadie sabe... si al fin enamorado.
Si la curiosidad os pica como pulgas en un jergón, me tomo la licencia y os aconsejo: sentaos con paciencia en mullidos cojines de tafetán y un buen plato de panecillos con canela o media docena de bizcochos mojados en chocolate, y ¡leed pardiez!, leed vuestras mercedes, y ya me contarán si mereció la pena o no, la vida y trajines de Bastien Dufort. Agradecido y vuestro servidor. 


Beatriz Alonso, junio 2016


Si te apetece leer mi nueva novela, la podrás hallar en Amazon, en formato electrónico y en papel. 
Gracias a todos. Recibid un saludo. 

viernes, 20 de mayo de 2016

Cuando te desprecien, canta:



Tus miradas
por encima del hombro,
bajo cejas elevadas,
irónicas y susurrantes,
me inyectan cada día 
la dosis de energía 
necesaria y fructífera
para seguir creyendo
que yo, soy yo,
con mis sueños,
mis locuras y desaciertos,
sin esperar de ti, 
aprobación
consejo o alimento.