Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

lunes, 26 de marzo de 2018

CORAZONES MERCENARIOS



CORAZONES MERCENARIOS



Esta es la tercera novela de ficción histórica que escribo, por placer, simplemente porque me gusta y, al publicar, lo único que pretendo, además de compartir estas historias, es mantener, sobre todo, el respeto hacia el lector. Es una novela escrita con mucho cariño y con el único propósito de entretener. En la línea de las anteriores, además de histórica, intento conjugar el romance y algo más para que la historia no se quede simplemente con el trasfondo sentimental; por este motivo, y a pesar de estar catalogada como romántica, Corazones Mercenarios se transforma en una novela de aventuras un poco atípica. Algunas personas que lo han leído, incluso dicen que tiene un toque de novela negra, con cierto misterio y alguna que otra sorpresa... eso ya va en la percepción de cada uno, por supuesto. 

Si en la anterior novela me quedé en el valle del Nalón, en la Alta edad media, intentando recrear lo que pudo haber sido la corte del rey Aurelio, en Corazones Mercenarios no me voy muy lejos. Permanezco en el Norte de España, en un pueblo ficticio cercano a la frontera vasco-francesa, ambientándola en el s. XVII. Este siglo se caracteriza por el ocaso del imperio español en Europa, aunque ésta ya sufría en toda su extensión una aguda crisis económica. Como suele suceder, a los años de carestía y hambre se unen las enfermedades, y la peste azotó con crueldad muchas ciudades, no una ni dos veces: las epidemias dejaban a las ciudades y pueblos más muertos que vivos. La mentalidad social imperante, marcada por el desprecio al trabajo agravó la crisis social y económica. El hidalgo ocioso y el pícaro se convirtieron en arquetipos sociales de las España del Barroco.

Me alejo de unos y de otros y me quedo con el mercenario de fortuna, el que vendía sus armas al mejor postor. Cuando las guerras iniciadas por el imperio español llegaban a término, por ejemplo la de los 30 años (que fue tremenda), un sinnúmero de soldados quedaban desamparados sin saber desempeñar otro oficio que no fuese el de dar matarile al prójimo. Y así se llenaba el país de rufianes y asesinos. 
Era una sociedad muy marcada por los valores aristocráticos y religiosos, y se les llenaba la boca con el honor y la dignidad; por esto, cualquier ofensa, por tonta que fuera, acababa en duelo. Eso, unido al pensamiento de que trabajar con las manos era una cuestión chunga, o sea, que manchaba la dignidad del que curraba, nos lleva a la cuestión de que en España los pobres no tenían ni honor ni ná… por el contrario, los nobles, apoyados en su estatus, tenían un montón de privilegios: no pagaban impuestos, no podían ser encarcelados por deudas, como ahora más o menos, y si llegado el caso, eran por algún motivo condenados a muerte, no podían ser torturados y era impensable que fuesen ahorcados, sino que tenían la dudosa distinción de ser decapitados.
España estaba hecha polvo pero en lo referente a la cultura, vivió una época de auge sin precedente. Iniciado el siglo con la figura de Cervantes (1547-1616) y su "Quijote" (1605 y 1614), las letras hispanas brillaron con figuras como Quevedo, Lope de Vega o Góngora. Fue una época de esplendor artístico. Velázquez, Zurbarán, Murillo, Ribera… son algunos de los más destacados genios de la pintura de toda la historia.
La curiosidad me empuja a escribir sobre la actividad ballenera que se ejercía en el Cantábrico, iniciada por los vascos siglos atrás. Con la cabeza llena de tanta historia, prefiero irme a un humilde pueblo, donde puedo manejar a los protagonistas con comodidad.

Bastien Dufort es un joven mercenario francés venido a menos por una involuntaria metedura de pata en el campo de batalla con el duque de turno. Este duque, además de beato e hipócrita, ostenta una cornamenta que ya quisiera el padre de Bambi. Mediante el chantaje obliga a Bastien a iniciar una misión que le pone los pelillos del cogote de punta. Porque una cosa es matar en un lance cara a cara y otra la que el duque le propone. A este chaval, que nunca ha matado por matar ni por placer, no le queda más remedio que aceptar la propuesta e iniciar el viaje que conduce sus pasos a
donde no quiere ir ni en sueños; va a necesitar toda su paciencia, astucia, inteligencia y discernimiento para superar todos los obstáculos físicos y mentales que se le interponen, y los obstáculos más difíciles para él son los que afectan a su corazón, vacío de sentimientos hasta ahora y que empieza a latir y anhelar, sin ser consciente de ello, la recuperación de sensaciones (unas olvidadas y otras desconocidas hasta este momento).
En este viaje, en uno de los pueblos por los que pasa Bastien, va a conocer a Alda, una joven humilde que pertenece a una familia de pescadores de la cornisa norteña. Ella es el contrapunto de Bastien, su equilibrio y desequilibrio... la persona que lo mueve, queriendo o no, encaminándolo hacia su redención. Alda es una mujer marcada en todos los sentidos.

Esta muchacha es objeto de desprecio por parte sus vecinos debido a las arraigadas supersticiones, que aún hoy permanecen latentes en el ámbito marinero. Por ejemplo era muy usual que los tripulantes se tatuasen un crucifijo en la espalda, porque si se emborrachaban, el castigo más usual era el de los latigazos, y creían que el contramaestre no se atrevería a levantar el látigo contra la imagen de Cristo; o la prohibición de silbar, porque se creía que atraía fuertes vientos; una de las creencias más misóginas que se tenía, era la de que llevar a una mujer a bordo traía la desgracia... pues por ahí mismo va la desgracia de mi protagonista femenina, que tiene, además del sambenito de ser señalada constantemente, el recordatorio a modo de cicatriz en el rostro. Me apetecía mucho que los protagonistas no fuesen perfectos, como suele suceder en este género, en el que casi todos lo son: él es alto, divino, héroe, y ella es bella sin parangón...

Esta mujer sabe que si no actúa de un modo u otro, se va a morir en la indigencia, despreciada por todos y más sola que la una. Por ese motivo decide acompañar a Bastien en su viaje, a pesar de que él no las tiene todas consigo. 
Como cabe esperar, de este modo surgirá una relación complicada entre ambos de amor-odio-desprecio-deseo... Y acabarán liándola. 
Se van a encontrar con algunos percances y gentes de todo tipo, como por ejemplo un clan de gitanos, tal y como vivían en aquella época; esta gente siempre fue injustamente despreciada y eran perseguidos constantemente por la justicia, por lo cual su vida nómada era de lo más normal. Tenían sus propias creencias y sus leyes, sus ritos y sus desgracias, agudizadas por su origen. Resumiendo, este viaje que realizan los protagonistas va a terminar siendo un camino hacia la liberación, y el reencuentro de sus propias vidas, tal y como debían haber sido desde el principio, con un final que no os voy a desvelar por no despachurraros más la novela... 

En fin, por aquí van los tiros de Corazones Mercenarios, una novela escrita por placer, sin mayor ambición que la de proporcionar una tarde de sofá y manta, si os apetece pasar un ratín sin más, leyendo las aventuras de Bastien y Alda. Y yo, súper contenta y agradecida de que les deis una oportunidad. Muchísimas gracias a todos. 



Podéis hallar Corazones Mercenarios en Amazon, en formato papel y digital: https://www.amazon.es/Corazones-Mercenarios-Beatriz-Alonso-ebook/dp/B01HD60OZE


miércoles, 14 de marzo de 2018

LA GUERRERA DEL VALLE






La Guerrera del Valle es básicamente una ficción histórica, con ciertos tintes épicos, repleta de romance, traición, luchas y un poco de mitología. Ambientada en el siglo VIII, d.C., nos trasladamos a la Alta Edad Media, —una época bárbara, salvaje y oscura—. Su argumento se desarrolla en el Valle del Nalón, en lo que supuestamente pudo haber sido la corte del Rey Aurelio. La trama comienza cuando Aurelio es izado al trono astur por la nobleza incipiente que residía en la corte de Cangas de Onís, capital del reino en aquella época. Ser rey por aquel entonces, no era un título que se heredara, sino que se designaba por elección, y a veces por aproximación a la línea dinástica.
Se piensa que Aurelio mismo, fue partícipe de la conspiración para asesinar a su primo Fruela, presenciando como le daban matarile escondido tras un tapiz.
Después, tuvo miedo de los mismos que le habían sentado en el trono, porque se respiraba un ambiente muy peligroso en el que nadie podía garantizar su seguridad. Estaba rodeado de traidores que sólo miraban por sus propias ambiciones y beneficios y, por supuesto, lo de guardar lealtad al rey de turno ni se lo planteaban. De ahí la decisión que tomó Aurelio de trasladar la corte al valle de Langreo. A partir de ese hecho, de su coronación en una capilla de Sama, que fue destruida y de la que no quedan vestigios, arranca la novela que os vengo a presentar: una ficción histórica, medieval y romántica. 

Diría que esta novela es sencillamente un romance histórico.

¿Por qué escribir una historia ambientada en esta zona concretamente?: ¿Por qué no?... Hasta ahora, ningún escritor ha novelado este reinado. Los asturianos tenemos a Pelayo como icono que paseamos con orgullo, a pesar de que quizás sus proezas no fueran exactamente como creemos, y los Langreanos tenemos a Aurelio (el 5º rey de Asturias, reinó desde el 768-774) y a este no le han hecho protagonista, que yo sepa, hasta ahora de ninguna. Investigando este período de nuestro pasado, me doy cuenta de que apenas sabemos nada de este rey, por lo que partí con la gran ventaja de barajar algunas hipótesis y fantasear imaginándolas, traspasándolas al papel para desarrollar un relato con el simple propósito de entretener. Fue un reto tratar de desarrollar con una historia sólida, y lo que pudo suceder alrededor del rey Aurelio, e intentar acercarlo como persona y no sólo como personaje histórico.
Las crónicas apuntan, nos indican, o nos quieren convencer, de que Aurelio era un rey un poco indulgente, un poco pasota y vago, al que le gustaba salir de caza y la buena vida, y que se desentendió del pueblo, procurando no entrar en conflicto con los árabes que estaban a las puertas del territorio. Cuenta la leyenda que ofreció como tributo a los moros un determinado número de doncellas a cambio de que lo dejaran en paz, dando origen con esa entrega al topónimo de El Entrego. Esto, sin duda, no es posible que sea cierto. Ningún hombre por pobre o vasallo que fuese iba a permitir que le quitasen a sus hijas y esposas, porque la revuelta sería grande, y Aurelio estaba lejos de querer conflictos, fuera y dentro de su tierra. No obstante se sabe que se produjeron levantamientos anti señoriales, los primeros que se conocen, que serían con toda seguridad, causados por la presión fiscal a la que se sometía al pueblo. La hambruna era casi constante porque los señores se llevaban las cosechas, los animales y todo aquello de valor, por la imposición de los dichosos tributos que debían pagar. 

Esas revueltas, de las que se tiene escasa información, fueron aplastadas por el rey, que llegó en ocasiones a esclavizar a los insurrectos. Reinó solo durante 6 años, no se conoce que tuviera mujer o hijos y se cree que murió de muerte natural a los 35 años, (hoy sería joven, sin embargo, la esperanza de vida en aquella época era distinta, aunque yo no me creo mucho lo de la muerte natural). 
He intentado dar una vuelta a la tortilla y he creado a un rey que quizás no fue muy comprendido por las circunstancias que le rodeaban. El miedo de cualquier persona que sabe que en determinado momento se lo pueden llevar por delante es el motor que le mueve. Quizás él fue partícipe del asesinato de su antecesor Fruela, su primo, vale... pero ¿es totalmente aceptable? ¿Quién puede asegurar esta acusación con rotundidad? Nadie. Me convertí en abogada del diablo y, tirando del hilo de la libertad literaria, llegué a otra conclusión que dejo plasmada en esta novela.
Me he tomado muchas libertades y muchas licencias, pero en ningún momento es mi intención ofender, o cambiar la percepción que se tenga de este rey. Repito que, es simplemente una ficción, y aunque no lo pongo por las nubes, ni lo describo como héroe o villano, quizás os agrade o sorprenda el punto de vista o perspectiva que se da de Aurelio en esta historia. ¡Ojalá! Pues ese es el propósito. 
A pesar de ser un personaje importante en La Guerrera del Valle, no es el pilar principal en torno al cual gira la trama: le he adjudicado un pariente-sorpresa, (un hermano bastardo, pues a buen seguro que tendría varios) al que está muy unido. Este hombre, un caballero fiel al rey, defensor del territorio astur frente a las esporádicas incursiones sarracenas, será junto a Nora del Valle —la protagonista femenina—, la pareja que, como mandan los cánones de la novela de este género, soporta las vicisitudes y los contratiempos de la línea argumental.

Añadir leyend

En cuanto a las licencias que me he tomado al escribir, han sido muchas: menciono nombres de asentamientos o poblados, que no pueblos como tal, con sus nombres actuales; por ejemplo, cuando menciono que Aurelio traslada la corte de Cangas de Onís al Valle de San Martín, este pueblo aún no existía. Lo más probable, es que toda la zona central, el territorio de Langreo, estuviese salpicada de pequeñas cabañas o viviendas pero nunca formando un núcleo de población, porque en realidad no había gente suficiente para ello. Ya puestos, también instalo al rey en un pequeño castillo que nunca existió, (metida ya en faena, ¿qué me costaba pagarle la hipoteca?: ¡Nada!) Nunca existieron los castillos en San Martín ni en Tarna. Lo más probable es que su vivienda fuera una casa sin mucho pisto ni lujos.
Dolmen de la Campa L'Españal
Quizás con suerte, fuese de piedra, pero las construcciones de madera eran las más habituales en la Alta Edad Media. Para curarme en salud y que los historiadores no se me echasen encima, tema que me preocupaba bastante, (aunque no creo que se dediquen a leerme pero, por si las moscas) consulté al doctor José María Manuel García-Osuna, historiador, quien muy amablemente me atendió con estas dudas que me planteaba, y me apoyó en todo momento, compartiendo con mucha generosidad su estudio sobre el rey conmigo, asegurándome que podía escribir lo que quisiera, siendo como era el proyecto, una ficción. No me cansaré de repetir que no se debe leer este libro buscando el rigor histórico, sino un rato de distracción, sin mayores ambiciones que la de entretenerse.
Añadir leyenda

¿Qué más añadir? Que es una obra corta, que se lee en un pispas, si te engancha, claro. No es en absoluto blanca, con esto quiero decir, que aunque no es de género romántico-erótico (tan de moda y actual), tiene contenido sexual, por lo que no aconsejaría leerla a los menores de edad. ¿Por qué lleva este contenido? Porque los personajes lo exigen. Muy atrás en el tiempo, quedan las escenas de amor cortés en las que la relación carnal se omitía. Rosamund Pilcher, una señora  inglesa y muy buena escritora, escribe preciosas novelas sin que los protagonistas lleguen a tocarse ni un trocito de piel. A mí me encantan, porque es otra forma de escribir romance, en el que la historia no necesita ir más allá, pero yo estoy muy lejos de ese nivel de destreza, y uso las herramientas de que dispongo. Creo que no abuso de esos pasajes, pero sí que están presentes en el libro y forman una parte importante del desarrollo de los acontecimientos. 

Autoras como Nora Roberts, Johana Lindsey o Diana Gabaldón, por poner algún ejemplo de las miles de escritoras de romántica contemporánea que hay ahora mismo en el panorama literario, abrieron las puertas de las alcobas y nos enseñaron lo que se cuece dentro de las camas de los protagonistas, porque ya que sufren para llegar al final feliz, ¿por qué no amenizarles el tránsito? Pues eso, que nos enteramos de todas sus intimidades.
Otro aspecto que introduzco en la novela, es el mitológico. Asturias tiene una cultura rica y extensísima en seres mitológicos, muchas leyendas y cuentos que se remontan a épocas en las que el boca a boca era el medio de trasladar los repertorios autóctonos. No podía desaprovechar la ocasión de convocar a uno de estos seres para que formasen parte de La guerra del Valle, pero no os voy a descubrir qué o quién es, solo adelanto que habita en el dolmen de la campa d’Españal.

El título hace referencia a una mujer y aún no la he mencionado. La guerrera, es una mujer joven, humilde y sencilla que vive en la ribera del Nalón. Tras una serie de desgracias que son imposibles de evitar, porque el río es una fuerza imparable de la naturaleza, y que trastocan su vida, podemos decir que se cabrea, y mucho, e intenta cambiar el rumbo de su destino. No es una guerrera de espada en mano que se dedique a cortar cuellos de un tajo, sino que sus batallas tienen un matiz digamos más interiorizado, aunque aprende a defenderse y a luchar contra el destino y contra todo el que le pone la zancadilla en una vida miserable, la vida a la que se veían sometidos los vasallos en aquella época. Creo que se enreda ella sola en una escapada hacia delante, para toparse de narices con un problema más gordo: el amor. El amor, quieras o no, siempre es un problemón. 

Y la iglesia. Tengo que mencionarla como protagonista siempre presente y metida en todos los fregaos... Los clérigos, a los que lo único que agradezco es la labor de escribanía que realizaban. Aquellos benditos monjes  se dedicaban a copiar las obras clásicas para que no se perdiesen, aunque sin querer, fuesen cambiando la historia. La iglesia con el poder que ostentaba, siempre al lado de los poderosos, no sale muy bien parada en mi visión de la historia que os cuento, por estar siempre metiendo cizaña. 
En fin, no sé qué más podría contaros de esta novela… podría resumirla diciendo que es una historia de algunas personas que existieron y de otras que no, que hay personajes buenos y malos, (como le expliqué a mi cría pequeña cuando me preguntó), que hay amores y odios, perdidas y reencuentros, y sobre todo, una gran ilusión puesta en ella, muchas horas de dedicación para intentar defraudar lo menos posible, y un gran agradecimiento por brindarme la oportunidad de compartirla con todos vosotros. Muchísimas gracias. 


Disponible en Amazon.
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jueves, 24 de agosto de 2017

LA SOMBRA DE MARIELA



Regresé al pueblo tras sesenta veranos de ausencia.
Nunca, hasta ahora, había reunido las fuerzas necesarias para 
hacerlo.
La casa rota, destripada y boquiabierta aguardaba paciente nuestro retorno para recuperar su bulliciosa armonía estival, sin percibir que nunca volveremos a tener quince años.
La memoria me traiciona y apenas recuerdo su rostro. Me dicen que no debo preocuparme, pero soy consciente de que son los indicios de la enfermedad cuyo nombre se me traba en la lengua. Sin embargo, lo hago. Me preocupo. ¿Cómo puedo haber olvidado su rostro? 
Mariela... dulce Mariela... regresa y tráeme moras en tu cestillo de mimbre, y un manojo de helechos verdes para refrescar mi frente, porque hoy no puedo verte. 
Nos sentábamos en el zaguán a tomar el sol y sorber limonada sin azúcar mientras tú canturreabas estribillos populares aprendidos en el campo al son de los labradores. Me sonreías con los ojos y escondías los tobillos bajo tu larga falda, retorcías con fuerza el hilo de bordar y pespunteabas mi nombre sobre el pañuelo de lino que hace unos meses hallé, amarillo y agujereado por el paso de los años y el hambre de las polillas, en el fondo de un viejo baúl. Lo llevo desde entonces, plegado y planchado, en el bolsillo de la camisa, cerca del corazón.
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas cuando entro en la vivienda. Los muebles están rotos y podridos a causa de la lluvia que se filtra por los huecos del tejado derruido. Varios pedazos de los muros han sido robados, y las alimañas han anidado en el desván.
Fotografías de mi propiedad

En la habitación donde te besé por primera vez no hay nada, excepto un espejo caído y oxidado al que te mirabas para adornarte el pelo con flores blancas. Sin duda, ha pasado inadvertido para los saqueadores. Mariela, en aquella estancia descubrimos el amor, tú y yo, acompañados por la ingenuidad de nuestros cuerpos desnudos e inexpertos. ¡Ojalá pudiera recordar tu rostro, niña mía!
La señora que me ha acompañado es prudente y respetuosa: me permite estar unos instantes a solas, tras los cuales se acerca a mi espalda y me conmina a marcharnos. No quiero irme aún; ella apoya su mano sobre mi hombro con dulzura. Es la hora. Insiste. No es bueno para mi salud permanecer a merced del pasado. 
Vislumbro una sombra reflejada en el viejo y opaco espejo, y mi corazón late apresurado. ¿Acaso has regresado Mariela? La esperanza me invade.
Me giro y la señora amable de pelo cano me sonríe con los ojos, deposita un tierno beso en mi boca marchita y me ofrece un recipiente repleto de moras. Tomándome del brazo me arrastra hacia el exterior y, al echar una última mirada al arruinado espejo, al fin te veo, amor mío. 
Mariela se aleja asida de mi brazo...

miércoles, 26 de julio de 2017

La última súplica.


Foto de José Juan Mújica Villega

A pesar de su muerte aún percibe la llegada de la galerna como el rugido de una fiera acechante. Es un cadáver con las entrañas calcinadas, cubierto de sal, desnudo, hediondo, anhelante, que espera la llamada de su amo: el mar, su dios arrogante; y rabiosa por olvidada, escupe su deseo a las crestas que azotan su proa: 
«No me abandones porque prefiero pudrirme, varada en una ciénaga distante sin emitir un solo lamento, que olvidar a mi amante».

viernes, 30 de junio de 2017

Carbón, Nenuco y Cantimpalos



Efe arrugó y desplegó varias veces el contrato; el rictus ladeado de su boca reflejaba que ya había traspasado el umbral del miedo y, poseído por la ansiedad, agitaba en el aire aquella paloma vieja que me hacía cosquillas en la nariz.
—¡Me van a comer vivo, nena! —exclamó a la vez que se limpiaba las lágrimas de un manotazo furioso. 
—Cielo, no son ogros, son mineros... —traté de calmarle—. Sabía que se enfrentaba a un mundo adverso, pero no consideré necesario intensificar sus temores.
Su padre había perdido la vida en el pozo y, por ley, le correspondía un puesto de trabajo en la mina. No tenía alternativa: no podía rechazarlo. En el pliego arrugado se detallaban las condiciones y la fecha de incorporación a la empresa. Lo que debió ser un motivo de alegría y alivio, se convirtió en una pesadilla durante los días previos a su primera incursión en las entrañas de la tierra. No dormía, sudaba profusamente y apenas comía. Se miraba al espejo y, descorazonado, lamentaba: 
—Tengo tanta pluma que parezco un abanico... ¡jamás me aceptarán! ¿Tú sabes de qué modo profieren los insultos? Con la boca rebosante de mecagoendioses... 
Me permito exhibir una sonrisa al recordarle tratando de caminar como un machote e impostando la voz, pero la colorida fiambrera en la que transportaría sus raviolis le delataba más que cualquier otro gesto. Advirtió el error de inmediato y se preparó un enorme bocadillo de chorizo que guardó en el fondo de una bolsa de diseño. Ambos sabíamos que jamás se comería aquella inmensa cantidad de embutido. Así, envuelto en aromas de Nenuco y Cantimpalos se marchó, tembloroso y abrumado, dispuesto a enfrentarse a lo desconocido. 
Durante los meses que siguieron lloró con amargura; yo imaginaba que se mofaban de él, que le imitaban y susurraban palabras soeces a su oído, en una larga lista de humillaciones sin fin, pero Efe parecía caminar portando una dura coraza como el carbón bruñido contra la que rebotaban las palabras, y no se daba por vencido. Un día le pregunté por qué no abandonaba el infierno, y me contestó que aquellos hombres, hoscos y serios, le habían ayudado desde el primer instante. 
—¿A qué te han ayudado, Efe? No me mientas, por favor...
—Fui un tonto al dejarme llevar por los prejuicios. Me han acogido mostrándome respeto y me consideran un compañero más; sí, lloro... pero de orgullo, nena, de orgullo... 
Cada día Efe baja a la mina, con su pluma y su lámpara, y porta una fiambrera de estridentes tonos repleta de placenteras delicatessen que comparte con sus compañeros, y me siento tan orgullosa de él que tenía que contarlo.

martes, 27 de junio de 2017

Dignidad



La patera estaba repleta de personas. No cabía ni un alfiler. El frío provocaba el castañeteo de dientes al unísono; la sed y el hambre los mantenía adormecidos, moribundos, resignados, sin esperanza. Varios se habían aferrado a la vida hasta el último instante en un vano intento por alcanzar la tierra prometida. Sus cuerpos inertes fueron lanzados por la borda; no quedaba más remedio que deshacerse de los cadáveres. Los ojos de Makhir estaban habituados a contemplar a la muerte de cerca, pero no pudo contener los gritos cuando tiraron al mar a sus amigos. Le amenazaron. Harían lo mismo con él si no cesaba de lamentarse, y el joven silenció su angustia mordiéndose la lengua hasta  que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. El deseo de vivir se imponía al dolor. Se concentró en la mirada del niño atado, mediante una tela estampada, al pecho de una mujer demacrada. Sus ojos brillantes, como dos pequeñas estrellas, transmitían inocencia y terror. Se reconoció como si se mirara en un espejo dañado.
La infancia de Makhir había sido un infierno de guerras ajenas, abusos y mutilaciones, de hambre perpetua, dolor y miedo. Y ese mismo miedo a morir, como un perro sin nombre, sin hogar, sin patria, le había instigado a huir. 
Estaba a punto de cambiar la pesadilla por un soplo de esperanza. Durante años ahorró hasta la más mísera moneda que pudo conseguir para pagar un pasaje en el barco de la muerte. Temblaba y rezaba... En pocas horas llegaría al destino deseado. 
No advirtió el momento en el que la mujer dejó de respirar; el niño lloraba con tanta fuerza que los bárbaros dictadores de las reglas dentro del ataúd flotante, decidieron arrojarlo a las gélidas aguas del océano junto a la madre muerta, argumentando que no sobreviviría sin ella. Makhir no pudo permitir que apagasen la luz de los ojos negros y asustados, no podía mirar hacia otro lado. Sin pensarlo, se zambulló tras él. No sabía nadar; la vida solo le había enseñado a patear, y pateó en el agua con fuerza tratando de no tragar demasiada. Consiguió alcanzar al pequeño y lo abrazó con fuerza, manteniendo a duras penas las cabezas de ambos en la superficie. Si debían morir, lo harían asidos de  la mano, pero no le abandonaría como habían hecho años atrás con él. 
Las sirenas rasgaron el silencio y las luces iluminaron la oscuridad. La patrulla de salvamento actuó con celeridad para salvarlos. Quizás fue casualidad o un golpe de buena suerte que no muriera aquella noche; quizás estaba destinado a recuperar su dignidad y, por unos instantes, Makhir volvió a sentirse como un ser humano, y deseó capturar ese momento para siempre.



lunes, 12 de junio de 2017

EL VIAJE DE LA LECHUGA



Con diecinueve años, había transcurrido la totalidad de mi existencia en una remota aldea del Norte. Me sentía ávida por saber qué se “cocía” más allá de las lindes de los prados que rodeaban mi casa, pero sin posibilidades reales de conseguirlo. Por una de esas maravillosas y sorprendentes casualidades del destino, quiso la fortuna que un viejo amigo de la familia, emigrado años atrás y del cual no se habían vuelto a tener noticias, regresara un buen día para presentarnos a su esposa, una francesa muy sofisticada de modales muy dispares a los nuestros, con el pelo corto como el de un chico y gran amante de comer arroz con nata. Se hallaba bastante incómoda siendo el centro de atención de toda la vecindad, así que, imagino, vio en mí un espíritu, sino afín, sí cercano en juventud y viveza. Así se fraguó nuestra amistad: una relación basada en gestos y expresiones, sonrisas y mohines que nos permitían comunicarnos, ignorando la barrera del idioma que nos separaba. Cuando se fue, me sugirió que la visitara algún día, ¡como si París estuviese a la vuelta de la esquina y no cerca de la Luna! Asentí con la cabeza, aunque bien sabía yo que jamás podría ir, y creo que ella adivinó lo que pensaba porque me hizo un guiño cómplice y me dio unas palmaditas en la espalda de consuelo.
Transcurrieron varios meses tras su partida y todos se olvidaron de aquella visita; todos menos yo, que seguía soñando como una tonta con volar. Un día de primavera, el cartero fue portador del regalo más espléndido que había recibido en mi vida. El sobre que me entregó contenía un billete de autobús con destino a París y una escueta nota de aquella joven extravagante que no se había olvidado de mí y que con tanta generosidad me invitaba a visitarla. Sobra decir que todo se convirtió en un torbellino de nervios alrededor mío. Carecía de dinero, de ropa, de conocimientos y cultura, pero sin dudarlo ni un instante me subí a aquel autobús que me alejó del pueblo sin mirar atrás.
Doce horas de viaje más tarde, haciendo paradas esporádicas para comer un bocadillo en una gasolinera o ir al baño, estaba en la ciudad más hermosa y grande que había visto nunca.
Ella me recibió con gran hospitalidad; había tomado sus vacaciones para poder estar conmigo y mostrarme todo lo que pudiera visitar en la semana que permanecería allí: los grandes monumentos, de los que yo apenas había oído hablar; la torre aquella gigante de hierro; los museos, en los que yo no había puesto un pie en mi vida; el molino aquel, en el que las bailarinas enseñaban las bragas; la noche iluminada por miles de bombillas; los pintores callejeros, que veían en mi rostro una obra en potencia, hecho que me asustaba bastante, pues siempre me he considerado una persona corriente; las personas de otras razas que me miraban porque yo las miraba…¡todo lo contemplaba atónita y maravillada!
No podía creer que existiese un mundo distinto al que yo conocía, pero allí estaba: ante mis incrédulas retinas que ansiosas se embriagaban de detalles y momentos inolvidables. Y sin darme cuenta llegó el momento de regresar, no sin antes comprar algunos recuerdos con los escasos cuartos que tenía en los bolsillos. En las formidables galerías que constituían el centro de la vida comercial de la ciudad, se apiñaban con pulcritud una infinita gama de productos bellos, sabrosos, elegantes y... ¡muy caros! 
Recorrí cada sección deseando adquirir pequeñas bagatelas sin importancia, pero me resultaba imposible, así que me decidí por un único y especial objeto que me recordase la vorágine de aquellos días. Se trataba de un sencillo recipiente de plástico. Sobre él, una tapa giratoria imprimía tal velocidad a lo que contuviese en su interior, que mareaba con solo mirarlo. Mi amiga trató de disuadirme sin éxito, y se mostró contrariada con mi elección, pero yo no cejé en mi empeño y compré aquel cacharro desconocido, del que tardé bastante tiempo en comprender para qué fin se usaba. 
Regresé con mil historias que contar y me faltaban palabras para describir todo lo que había visto.
Hoy veinticinco años después, cada vez que preparo una ensalada recuerdo mi primera “expedición” por el largo y ancho mundo que me enamoró, porque la lechuga viaja a la velocidad del rayo en el centrifugador de plástico que la ingenua de mi (esa a la que hoy echo de menos), compró como souvenir, haciéndome revivir el vértigo que sentí al conocer París en primavera.